La muerte del niño cubano Damir Ortiz en el Nicklaus Children's Hospital de Miami, este sábado a las 5:00 am no solo es una tragedia personal, sino también un reflejo doloroso de las consecuencias que pueden tener las decisiones burocráticas y políticas sobre vidas inocentes.
Damir, que padecía de neurofibromatosis tipo 1 y otras complicaciones, fue víctima de un sistema de salud colapsado en Cuba que inicialmente le diagnosticó erróneamente leucemia y le aplicó tratamientos que agravaron su condición.
Su traslado a EE.UU. se logró a pesar del gobierno cubano, no gracias a él. Las trabas impuestas, tanto en su diagnóstico como en su salida del país, dilataron el proceso en un contexto en el que cada hora contaba. El retraso en recibir atención médica adecuada fuera de Cuba probablemente fue un factor determinante en el trágico desenlace.
Este caso despierta preguntas urgentes sobre la responsabilidad del Estado cubano en situaciones similares, donde la política y el control pesan más que la vida de un niño.
Damir ya no está, pero su historia sigue siendo una denuncia viva del costo humano que implica la obstaculización sistemática a la ayuda médica internacional.
La noticia de su deceso fue confirmada por la activista cubana Diasniurka Salcedo Verdecia, quien a través de sus redes sociales compartió un mensaje lleno de dolor: “Nuestro guerrero descansando con el Señor. No hay palabras para describir tanto dolor. Gracias a cada uno de ustedes por estar juntos a nosotros. EPD GUERRERO DE NUESTRO CORAZÓN!”, expresó.
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