Mientras millones de cubanos lidian con una conectividad inestable, costosa y lenta, el Ministerio de Comunicaciones de Cuba anunció que “trabaja a ritmo acelerado” en la instalación de un nuevo cable de fibra óptica submarino. Según los medios oficialistas, esta infraestructura permitirá aumentar y diversificar la conectividad internacional de la Isla. Pero los cubanos, acostumbrados a las promesas incumplidas, lo reciben con escepticismo.
El anuncio, repetido desde hace más de un año, volvió a tomar fuerza tras declaraciones de Alejandro Ruiz, director de Telecomunicaciones del ministerio, quien explicó que la obra está en fase de enlace y pruebas técnicas. El proyecto, ejecutado en conjunto con la empresa francesa Orange SA, conectará a Cuba desde Martinica hasta Cienfuegos, a través de un tendido submarino ya completado. Resta concluir la parte terrestre y la integración de los sistemas.
Pero fuera del lenguaje técnico y las fanfarrias oficiales, la realidad cubana pinta otra historia: zonas sin cobertura, cortes frecuentes, censura digital, precios prohibitivos y un rezago tecnológico que impide el desarrollo de cualquier sociedad moderna.
Mientras el régimen anuncia “avances” tecnológicos, en muchos barrios cubanos apenas si se puede abrir una página web o enviar un simple mensaje sin interrupciones. La infraestructura interna está obsoleta, y el acceso sigue condicionado por factores políticos y económicos: el control estatal absoluto de la red, el espionaje a los ciudadanos y la persecución a voces críticas en redes sociales son moneda corriente.
Las cifras oficiales hablan de conectividad, pero no de acceso real. Muchos cubanos tienen que elegir entre recargar su saldo para usar datos móviles o comprar comida. Las zonas WiFi públicas son insuficientes, abarrotadas y poco funcionales. Y la tan prometida “informatización de la sociedad” parece más una consigna propagandística que un proyecto serio.
Desde el gobierno, se insiste en que el cable permitirá avanzar “según las posibilidades económicas del país”. Pero en la práctica, esa frase suele traducirse como: “para unos pocos, bajo control del Estado”.
Un nuevo cable puede ser necesario, pero no es suficiente. Sin un cambio en las políticas de acceso, transparencia y libertad digital, todo este esfuerzo no será más que otro proyecto faraónico con poco impacto en la vida cotidiana.
Y así, mientras los titulares celebran avances, los cubanos siguen esperando una conexión real: no solo a internet, sino a un futuro más libre, más justo y verdaderamente conectado al mundo.
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