“Cesáreo, me quedé perdido, ¿Cuáles son las conquistas a defender por los jubilados cubanos?” me soltó esta mañana Bartolo, mi amigo de toda la vida, también jubilado, también muy bien jodido. Me llamó temprano, con esa mezcla de ironía amarga y cansancio crónico que ya se ha vuelto su voz. Me contaba que la noche anterior, en la Mesa Redonda, Ulises —ese funcionario eterno de actos patrióticos y frases huecas— convocó con entusiasmo desbordado al desfile del 1ro de Mayo, para defender “las conquistas de la Revolución”.
"¿Quién es ese Ulises?", le pregunté con desgano. Bartolo, indignado por mi ignorancia selectiva, respondió: “¡Coño, César!, el tipo ese que vive en la televisión, que no se pierde un acto, que reparte banderas, diplomas, medallas y pide más trabajo voluntario que un capataz en zafra. El que siempre habla como si aquí todo estuviera resuelto, menos la vida de los que de verdad trabajaron”.
Y ahí, sin pausa, soltó sus preguntas y sus verdades, tan duras como diarias: “¿Qué conquistas tengo yo, César? Después de más de 50 años de trabajo honrado, solo recibo una pensión miserable que no me da ni para comprarme un kilo de leche en polvo y una decena de huevos. No puedo arreglarme la prótesis dental, visto con trapos que ya ni merecen ese nombre. ¿Visitar a mis hijos o viejos amigos? Imposible: el transporte público no existe y los taxis están fuera de mi alcance. Los medicamentos para mis males —presión, corazón, articulaciones— no están en la farmacia y en la bolsa negra cuestan lo que no tengo. Me acuesto angustiado, me levanto igual, y lo peor: sin esperanzas.”
Me quedé en silencio. Porque, ¿Qué se le responde a eso? ¿Cómo se justifica la convocatoria a un acto “de reafirmación” cuando se ha negado durante años el más básico respeto a quienes lo dieron todo? Porque sí, a Bartolo lo usaron. Como a tantos otros. Y ahora lo ignoran.
El discurso oficial está desconectado de la realidad. Habla de victorias y de un pueblo agradecido, mientras miles de jubilados como Bartolo sobreviven en condiciones indignas, ignorados, con el alma apretada y los bolsillos vacíos. No hay nada que celebrar cuando el trabajador termina su vida laboral peor de como empezó: más solo, más pobre, más desamparado.
Los discursos no llenan ollas. Ni curan dolencias. Ni pagan pasajes. Mientras no haya condiciones para vivir con dignidad, el 1ro de Mayo no puede ser más que una triste escenografía.
Solo cuando podamos manifestar libremente, sin miedo ni intimidación, nuestras verdaderas demandas, solo entonces —y no antes— se podrá gritar con orgullo: ¡VIVA EL PRIMERO DE MAYO!
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