Hace apenas un año, la administración Biden aseguraba que la crisis fronteriza era un problema sin solución inmediata. Voces demócratas como la vicepresidenta Kamala Harris y el propio presidente afirmaban que solo una reforma migratoria integral o atender “causas fundamentales” en países emisores podría frenar la llegada masiva de inmigrantes.
Sin embargo, la llegada de Donald Trump a la presidencia volvió a poner en marcha herramientas que ya habían probado su eficacia en el pasado. Y en apenas semanas, los resultados comenzaron a notarse de forma contundente.
Trump revirtió las políticas de admisión temporal que permitían la entrada “legal” de migrantes bajo programas de libertad condicional, así como las liberaciones masivas de personas detenidas al cruzar ilegalmente. En su lugar, reinstauró detenciones completas, deportaciones exprés, y aumentó significativamente los procesamientos por ingreso ilegal.
Además, desplegó personal militar con funciones específicas de apoyo en tareas migratorias, lo que envió un mensaje claro: las reglas habían cambiado.
Este nuevo enfoque disuasorio tuvo un efecto inmediato. Testimonios recogidos en zonas como Ciudad de México y Ciudad Juárez muestran cómo muchos migrantes desistieron de cruzar al enterarse del endurecimiento de las políticas. “Con Trump será demasiado difícil”, confesó una madre venezolana en un campamento temporal.
Las cifras respaldan esa percepción. En diciembre de 2024, bajo la administración Biden, más de 96 mil migrantes ingresaron al país con permiso temporal tras registrarse en la aplicación CBP One. En enero, durante el traspaso de gobierno, la cifra se redujo a poco más de 61 mil. Pero en el primer mes completo de Trump, los cruces se desplomaron a 8.326, y la gran mayoría fueron deportados.
Actualmente, los niveles de detención en la frontera sur están en camino a convertirse en los más bajos desde que se llevan registros oficiales en 1960.
Más allá de lo que digan los funcionarios o los partidos, la migración irregular sigue una lógica práctica: si un país facilita el ingreso y la permanencia, la afluencia aumentará; si, por el contrario, impone barreras reales y consecuencias inmediatas, el flujo disminuye.
Las redes sociales juegan un rol clave. Migrantes en tránsito o aún en sus países de origen monitorean en tiempo real lo que ocurre en la frontera gracias a videos y mensajes de quienes ya han intentado cruzar. Por eso, el efecto disuasivo de las nuevas políticas se ha sentido incluso en regiones lejanas, como el Tapón del Darién entre Colombia y Panamá.
Mientras que entre 2022 y 2024 cientos de miles de migrantes de más de 170 países cruzaron por esa peligrosa selva siguiendo las señales de apertura durante la era Biden, hoy el paso ha disminuido en un 99%. Así lo confirmó el propio jefe del Servicio Nacional de Fronteras de Panamá.
Los datos revelan una verdad incómoda para quienes afirmaban que la crisis no tenía solución: la voluntad política y la aplicación firme de la ley pueden marcar la diferencia.
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