Jesús Medina, afamado periodista, reportero gráfico y de investigación venezolano, detenido varias veces por el régimen de Maduro, parece haber hecho un retrato en ampliación del dictador cubano Miguel Díaz Canel al analizar su anti carismático discurso en la clausura del Congreso de la UNEAC..
"La verdadera libertad cultural en Cuba no llegará a través de un congreso controlado por el Estado, sino cuando se permita a los cubanos expresarse sin miedo y sin censura; la impotencia del mandatario ante las críticas de los medios independientes y las redes sociales es más que evidente en la actualidad".
Medina analiza la intervención del presidente cubano en su discurso durante el X Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), discurso totalmente leído, sin personalidad ni empatía. "Canel hizo gala de una retórica manida que utiliza la cultura como una herramienta de control y represión, en lugar de reconocer su verdadero potencial como expresión libre y creativa del pueblo cubano. La impotencia del mandatario ante las críticas de los medios independientes y las redes sociales es más que evidente en la actualidad, mayor incluso que en aquel 11 de julio de 2021, cuando el pueblo se manifestó a gritos de ¡Díaz-Canel Singao!" afirma Jesús Medina.
La palabra "singao" es un modismo de origen cubano, empleado como un improperio para dar a entender que alguien es una persona baja, vil o infame.
Al invocar la idea de la cultura como “escudo y espada de la nación” el designado presidente muestra una vez más "cómo el régimen cubano ha transformado la cultura en un instrumento político que sofoca la creatividad y la voz crítica de los artistas e intelectuales que se atreven a cuestionar el statu quo; la visión de la cultura expuesta en el discurso no es una visión de libertad o crecimiento humano, sino una en la que la cultura debe plegarse a la ideología oficial, reforzando los dogmas revolucionarios.
En este modelo, el papel del artista queda relegado a ser una pieza más del aparato estatal, cuya función es “reforzar los valores de la sociedad” que el gobierno considera adecuados. Esto es una clara contradicción con la esencia de la cultura, que debe ser plural, crítica y libre de ataduras ideológicas.
La acusación de Díaz-Canel sobre una “guerra mediática” emprendida por los que él denomina “operadores de la contrarrevolución” es, en realidad, un ataque velado contra los periodistas independientes y los defensores de derechos humanos que exponen la realidad de Cuba al mundo.
En lugar de reconocer la labor objetiva y neutral de quienes documentan las carencias, restricciones y abusos en el país, el presidente prefiere enmarcar la crítica y el periodismo independiente como ataques a la nación, evadiendo así la responsabilidad sobre la crisis estructural que enfrenta Cuba.
Cuando Díaz-Canel habla de “salvar la cultura para salvar la patria”, cabría preguntarse: ¿salvarla de qué y para quién? La cultura cubana no necesita ser salvada por un régimen que la censura y la reprime.
Los artistas y creadores cubanos han demostrado una enorme resistencia y la verdadera cultura cubana, aquella que resuena con los ideales de libertad y diversidad, no se alinea con una retórica de opresión ni con un régimen que constantemente limita su desarrollo.
El presidente también sugiere que la cultura debe “combatir la colonización cultural y la influencia de las nuevas tecnologías” como si estas fueran intrínsecamente malas o estuvieran destinadas a destruir la identidad cubana.
Esta afirmación ignora cómo la tecnología y el acceso a información global han permitido a los cubanos tener una visión más amplia del mundo, comprender sus derechos y cuestionar el discurso oficial. Al diabolizar la tecnología y el libre flujo de información, el gobierno no protege la cultura cubana, sino que intenta aislarla para mantener el control.
Es especialmente preocupante la constante referencia a figuras históricas como Fidel Castro para justificar la censura y el control cultural. Las citas a Fidel, utilizadas una y otra vez para respaldar políticas represivas, reflejan la dependencia del régimen en un discurso anacrónico y cada vez menos relevante para los jóvenes cubanos.
Díaz-Canel olvida que "las nuevas generaciones de cubanos aspiran a algo más que un discurso repetido; desean libertad de pensamiento, de creación y de crítica. La visión de la cultura que propone en este Congreso de la UNEAC es, en realidad, una visión de represión disfrazada de patriotismo. En lugar de liberar la cultura y permitir que los cubanos exploren libremente su identidad y su creatividad, el régimen busca utilizar la cultura como un escudo para proteger su poder y como una espada para silenciar a quienes se atreven a desafiarlo. La verdadera libertad cultural en Cuba no llegará a través de un Congreso controlado por el Estado, sino cuando se permita a los cubanos expresarse sin miedo y sin censura".
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