Hablar sin miedo debería ser un derecho. Pero en Cuba, eso es casi un lujo. Aunque la Constitución dice que tenemos libertad de pensamiento y expresión, la realidad es otra. Esa libertad es solo un adorno en el papel. Cuando alguien dice lo que piensa, sobre todo si no está alineado con “la línea oficial”, viene el castigo: citaciones policiales, actos de repudio, cárcel.
Como bien plantea Manuel García Verdecia, pensar y opinar libremente es parte esencial de la condición humana. Sin libertad de expresión no hay libertad verdadera. Silenciar las voces que critican no solo limita a las personas, también empobrece a toda la sociedad. Nos acostumbra a la hipocresía, a decir en público lo que conviene y a guardarnos lo que realmente pensamos. Eso es doble moral. Eso es miedo.
El 11 y 12 de julio de 2022 lo vimos claro. Miles de cubanos salieron a las calles a decir “¡basta ya!”, y la respuesta fue represión brutal. Muchos fueron golpeados, encarcelados, condenados. ¿Dónde está esa libertad de la que tanto presume el gobierno?
Callar al pueblo no resuelve los problemas. Solo los agrava. La libre expresión permite debatir, buscar soluciones reales, construir una sociedad más justa. Pero mientras se castigue al que piensa diferente, seguiremos en el mismo ciclo: miedo, mentira y control.
La libertad de expresión no es una amenaza, es una necesidad. No es un favor del poder, es un derecho humano. Cuba no puede avanzar si sigue silenciando a su gente. Ya es hora de que la libertad sea algo más que una palabra bonita en la Constitución, dijo el Poeta, escritor, guionista e historiador.
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