Ya no quedan promesas adormecedoras de voluntades ni solicitudes de plazos infinitos. Durante años se nos pidió paciencia, resistencia, comprensión. Se nos habló de sacrificios “necesarios”, de coyunturas temporales que terminaron convirtiéndose en una forma permanente de vida. Hoy, ese discurso se ha vaciado por completo. No convence, no alivia y, sobre todo, ya no engaña.
Cuando un país y su gente tocan fondo, es inmoral pedir mayor sacrificio. Porque después de tocar fondo no hay un escalón más abajo, solo queda el riesgo de quedar sepultados bajo el peso de la incompetencia, la indolencia y el cinismo político. Y eso no lo vamos a aceptar. Ninguna nación puede sostenerse eternamente sobre la resignación forzada de su pueblo ni sobre la normalización del sufrimiento.
Las palabras recientes del poder no trajeron soluciones ni esperanza real. Solo repitieron fórmulas gastadas, explicaciones huecas y llamados abstractos a resistir un poco más. Pero resistir, ¿para qué y para quién? Resistir sin luz, sin transporte, sin alimentos suficientes, sin horizonte. Resistir mientras quienes gobiernan no asumen responsabilidades ni ofrecen cambios concretos.
No manden más a su mensajero nervioso y disléxico. No es un problema de comunicación, es un problema de legitimidad. El tiempo histórico de esa clase política se agotó. Si alguien tenía dudas, esta última intervención lo dejó muy claro: no hay proyecto, no hay autocrítica, no hay futuro dentro del mismo guion repetido una y otra vez. Lo que hay es miedo a perder el control y una desconexión absoluta con la realidad cotidiana del país.
Pero algo sí ha cambiado. El pueblo ya no escucha en silencio. Ya no espera. Ya no cree. El cansancio se transformó en conciencia, y la desesperanza en determinación. Ahora comienza nuestro tiempo: el tiempo de la ciudadanía. El tiempo de hablar con voz propia, de reclamar derechos, de exigir dignidad y de negarnos a seguir cargando un fracaso que no nos pertenece.
No es un llamado al caos, es un llamado a la responsabilidad histórica. A entender que los países no se salvan con discursos, sino con verdad, respeto y cambios reales. Seguimos. Porque rendirse no es una opción y porque el futuro, por primera vez en mucho tiempo, ya no les pertenece solo a ellos.
Fuente: Prof. Alina Bárbara Hernández López
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