En una entrevista exclusiva realizada por la periodista y activista Maylin Legañoa, el padre Alberto Reyes ofrece un testimonio contundente y profundamente humano sobre la realidad que vive el pueblo cubano. Sus palabras no solo estremecen por su claridad, sino también por el valor que implica pronunciarlas en un contexto donde el silencio ha sido, durante décadas, una imposición. “En Cuba hay un genocidio silencioso”, afirma sin rodeos, refiriéndose a un sistema que, sin armas visibles, ha ido apagando vidas, esperanzas y dignidad.
Durante la conversación, el sacerdote describe una nación marcada por la escasez, el miedo y el cansancio moral. No se trata únicamente de la falta de alimentos, medicinas o electricidad, sino de una carencia más profunda: la negación sistemática de los derechos fundamentales. Según el padre Reyes, el mayor daño ha sido espiritual y social, pues se ha normalizado el sufrimiento y se ha castigado la verdad. En ese escenario, la Iglesia —y particularmente voces como la suya— ha asumido el compromiso de acompañar al pueblo, no desde la comodidad, sino desde el riesgo.
Maylin Legañoa conduce la entrevista con sensibilidad y firmeza, permitiendo que el sacerdote exponga cómo el Evangelio, lejos de ser un mensaje pasivo, exige tomar partido por los oprimidos. Para el padre Reyes, predicar no es solo hablar de fe, sino denunciar la injusticia, nombrar el dolor y defender la vida. Esa postura lo ha convertido en una figura incómoda para el poder, pero también en un referente moral para muchos cubanos dentro y fuera de la isla.
A lo largo del diálogo, se insiste en la urgencia de un cambio real y profundo. No bastan reformas superficiales ni discursos vacíos. Cuba —señala el sacerdote— necesita una transformación que devuelva al ciudadano su voz, su libertad y su responsabilidad. Un cambio que nazca del reconocimiento del daño causado y del respeto a la pluralidad de pensamiento. En sus palabras no hay llamados al odio, sino a la justicia y a la reconciliación basada en la verdad.
La entrevista concluye con un mensaje que combina esperanza y advertencia. El silencio ya no es una opción y la indiferencia solo prolonga el sufrimiento. Voces como la del padre Alberto Reyes, amplificadas por periodistas comprometidos como Maylin Legañoa, recuerdan que la historia se escribe también desde la valentía cotidiana. Cuba necesita —y merece— un cambio urgente y sustancial, y ese cambio comienza cuando se decide escuchar a quienes, aun con miedo, se atreven a decir la verdad.
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