Lázaro Bruzón es uno de los ajedrecistas cubanos más reconocidos de su generación. Gran Maestro, exintegrante del equipo nacional de Cuba durante casi dos décadas, protagonista de innumerables torneos internacionales y figura respetada dentro y fuera del tablero.
Durante años fue también parte de las estructuras oficiales del país. Como muchos atletas de alto rendimiento en Cuba, vivió una realidad privilegiada en comparación con la mayoría de los cubanos. Viajó, compitió, representó al país y creyó —como le enseñaron— en un sistema que decía construir justicia.
Hoy, Lázaro Bruzón vive en Estados Unidos. No se fue por hambre, ni por persecución directa, ni por tragedias personales. Se fue porque chocó con el techo bajo de un sistema que no permite crecer, pensar ni disentir. Y porque al salir, descubrió una verdad que cambió su vida para siempre.
Lo que sigue es su testimonio personal, contado con honestidad brutal, sin adornos ni consignas:
"“Hace ya muchos años que salí de Cuba y no he regresado. Y lo curioso es que yo no me fui por las mismas razones que se va la mayoría de los cubanos. De hecho, siempre pensé que me quedaría en Cuba. A pesar de haber viajado muchísimo, durante mucho tiempo mantuve la convicción de que mi vida estaría allí, que construiría mi futuro allí.
"Mi infancia fue muy difícil: crecí con carencias, con pobreza. Incluso antes del Período Especial ya vivíamos una situación complicada, y cuando llegó, todo empeoró. Gracias al esfuerzo que hice en el ajedrez, empecé a tener resultados importantes y, con solo 14 años, comencé a viajar. A partir de ahí mi vida cambió y también mejoró mucho la situación económica de mi familia cercana.
"Durante mis años en Cuba, como representante del deporte y miembro del equipo nacional de ajedrez por casi dos décadas, participé en numerosos eventos internacionales. También fui miembro de la UJC y de la Asamblea del Poder Popular en Las Tunas. No es un secreto que a varios ajedrecistas los escogían para ese tipo de funciones: al ser un deporte de ‘pensadores’, nos consideraban más útiles para esas tareas que a los atletas de deportes físicos.
"Muchos años incluso tuve un tatuaje del Che en mi brazo. Siempre he hablado abiertamente de eso; jamás he ocultado nada. Yo creí en el Che que me enseñaron en la escuela, el que le enseñaron a todos los cubanos que fuimos adoctrinados así: el hombre que actuaba como pensaba y que dio su vida por un ideal justo. Mi conocimiento sobre política e historia era prácticamente cero.
"No tengo pasaporte cubano y solo regresaré cuando Cuba sea libre y democrática. Ver hoy a tantos cubanos unidos en esa idea me reafirma que siempre he caminado recto, que jamás he traicionado mis ideales y que nunca lo haré.”
Las palabras de Lázaro Bruzón en estos momentos adquieren un enorme valor y evidencian no sólo la verdad del gran trebejista tunero sino la de muchísimos deportistas que lo dieron todo por su país y ahora están sumidos en el más triste olvido.
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