En las últimas horas, el reparto Altamira, en Santiago de Cuba, ha sido escenario de un fuerte operativo policial que ha generado preocupación y cuestionamientos entre los vecinos. Las acciones se centraron principalmente cerca de la zona conocida como la Molinera y, según testimonios de residentes, estarían dirigidas contra panaderías clandestinas que funcionan en viviendas particulares. Estas panaderías son, para muchos, una forma de sobrevivir en medio de la grave crisis alimentaria que atraviesa la región.
Vecinos identificaron al oficial al mando de estas operaciones como “El Pinto” o “El Rubio”, cuyo nombre real sería Noidis Pardo. Desde hace años, Pardo ha sido señalado como uno de los agentes más temidos del Departamento de Investigación del Ministerio del Interior (DTI) en la zona. Quienes lo conocen aseguran que su autoridad no se construye desde el respeto, sino a través del miedo y el control. Su trayectoria y poder parecen heredados de una estructura donde los cargos y la obediencia al aparato estatal han definido la carrera de muchos en el barrio.
Mientras los ciudadanos enfrentan apagones, escasez de alimentos y hospitales sin recursos, estas acciones enfocadas en quienes buscan sobrevivir llaman la atención sobre las prioridades del Estado. Muchos se preguntan por qué se persigue al ciudadano común que intenta mantenerse con pequeñas iniciativas, mientras otros continúan acumulando privilegios desde posiciones de poder y represión.
El operativo en Altamira abre preguntas difíciles: ¿Quién vigila a quienes aplican la ley? ¿Qué pasará con los oficiales que hoy usan su uniforme y cargo para imponer temor? Cuando el sistema que los protege ya no exista, ¿habrá justicia o solo silencio para quienes actuaron con impunidad? Los vecinos temen que el miedo sea hoy la ley, mientras otros se enriquecen y consolidan poder a costa del sufrimiento de la comunidad.
Esta situación refleja un problema más amplio en Cuba, donde la represión selectiva y la corrupción han generado desconfianza y descontento social. Las personas que hoy viven con miedo son las mismas que sostienen al país con su trabajo diario, y el contraste entre el abuso de poder y la necesidad del pueblo se hace cada día más evidente.
En Altamira, como en muchas partes del país, la pregunta que queda en el aire es clara: ¿justicia o abuso de poder? La comunidad sigue observando, temerosa pero consciente, y espera que algún día quienes actúan con impunidad rindan cuentas ante la sociedad que han intentado controlar.
Del perfil de Yosmany Mayeta
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