El dictador cubano Miguel Díaz-Canel anunció este jueves que se trabaja en un plan para otorgar mayor autonomía a los municipios, planteando que “vamos a comer lo que se produzca en cada lugar”. La medida, según sus palabras, surge como respuesta a la escasez de combustible y a las limitaciones logísticas que impiden transportar alimentos entre provincias.
La propuesta del mandatario implica un cambio en el concepto de la “canasta básica” en Cuba. Hasta ahora, el sistema de distribución de alimentos dependía de importaciones y de decisiones centralizadas: desde La Habana se determinaba qué cantidad de productos recibía cada municipio, con el objetivo de garantizar una ración mínima a toda la población. Díaz-Canel aseguró que, históricamente, se intentó garantizar a cada ciudadano siete libras de arroz mensuales a precio subsidiado, una medida que describió como igualitaria, aunque en la práctica ha sido ampliamente criticada como insuficiente y desigual.
El llamado a consumir únicamente lo que cada municipio sea capaz de producir evidencia, sin embargo, las profundas fallas del modelo centralizado cubano. La isla enfrenta un déficit crónico de alimentos, agravado por apagones eléctricos, escasez de combustible, inflación y un sistema productivo en declive. La dependencia histórica de importaciones —y de subsidios estatales— ha dejado a los municipios sin capacidad real para garantizar la alimentación de sus habitantes.
La “autonomía municipal” anunciada por Díaz-Canel no representa una reforma estructural, sino una medida forzada por la crisis. Al no existir incentivos reales para aumentar la producción ni reformas profundas que permitan la gestión privada o cooperativa eficiente, la iniciativa corre el riesgo de convertirse en un ajuste superficial que simplemente traslada la responsabilidad del desabastecimiento a nivel local.
Además, la medida podría generar desigualdad entre municipios: aquellos con más recursos naturales o capacidad agrícola podrán abastecer a su población, mientras que los más pobres o urbanos enfrentarán mayores dificultades para cubrir sus necesidades básicas. La promesa de “comer lo que se produzca en cada lugar” parece ignorar décadas de fracaso productivo y la falta de infraestructura, fertilizantes, transporte y mano de obra capacitada.
El discurso de Díaz-Canel también refleja la persistente narrativa del régimen: culpar a factores externos o a la logística del país por los problemas de abastecimiento, mientras se evita cuestionar la eficiencia de la planificación centralizada que ha caracterizado al sistema durante más de seis décadas. Aunque el Gobierno describe la medida como un paso hacia la descentralización, la realidad sugiere que se trata más de una adaptación de emergencia ante la incapacidad del Estado para sostener la distribución de alimentos de manera uniforme.
Mientras Díaz-Canel habla de autonomía y autoabastecimiento, los cubanos siguen enfrentando escasez de productos básicos y un sistema que ha probado ser incapaz de sostener la alimentación de toda la población, dejando en evidencia la fragilidad del modelo centralizado y las promesas vacías del régimen.
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