En un país donde millones de ciudadanos luchan a diario contra la precariedad, la escasez y la incertidumbre, el contraste duele. Daniella Cabello, actual ministra de Turismo e hija de uno de los hombres más poderosos del chavismo, publicó un video en el que muestra su rutina diaria: maquillaje impecable, tacones altos, gafas oscuras y una agenda institucional cuidadosamente editada para proyectar eficiencia y normalidad. Y es que, no sólo en Cuba hay hijos de mamá y papá.
El material, presentado como una pieza moderna y dinámica, intenta mostrar a una funcionaria activa que habla de “motor turismo”, “cartera de inversión” y “alianzas estratégicas”. Sin embargo, para muchos venezolanos el problema no es la estética del video, sino el contexto. Venezuela atraviesa una de las crisis económicas y sociales más profundas de su historia contemporánea. Millones han emigrado, el salario mínimo es insuficiente y los servicios básicos continúan deteriorados en amplias regiones del país.
En ese escenario, la publicación fue percibida como una burbuja de privilegio. No se trata simplemente de que una ministra se maquille o vista elegante; se trata de la desconexión que transmite cuando buena parte de la población enfrenta dificultades para cubrir necesidades esenciales. La imagen de estabilidad y glamour choca frontalmente con la realidad cotidiana de hospitales colapsados, escuelas con carencias y familias fragmentadas por la migración.
Además, el peso del apellido amplifica la controversia. Diosdado Cabello ha sido durante años una de las figuras centrales del poder en Venezuela y está sancionado por Estados Unidos por presuntos vínculos con actividades ilícitas, acusaciones que él ha negado reiteradamente. Esa carga política convierte cualquier exposición pública de su hija en algo más que un simple video institucional: lo transforma en un símbolo de continuidad del poder y de dinastía política.
Las críticas en redes sociales no tardaron en llegar. Muchos usuarios calificaron el video como frívolo e insensible. Otros cuestionaron la madurez política de presentar una narrativa de éxito personal en medio de tensiones nacionales e internacionales que afectan directamente a la cúpula gobernante. La pregunta que flotó en el debate fue clara: ¿puede un funcionario proyectar normalidad cuando el país vive anormalidades profundas?
La discusión va más allá de una persona. Refleja el malestar ante una élite política que, según amplios sectores, vive bajo condiciones muy distintas a las del ciudadano común. La figura de Daniella Cabello se convierte así en un espejo de esa brecha: mientras habla de inversiones y desarrollo turístico, gran parte del país sigue esperando soluciones concretas a problemas urgentes.
En política, la imagen comunica tanto como las palabras. Y en este caso, para muchos venezolanos, el mensaje no fue de cercanía, sino de distancia.
Fuente: Periódico Cubano
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