Las calles se han convertido en un gran campo de fútbol donde cada persona corre contra el reloj para anotar el gol más importante del día: resolver lo básico. En casa hay una portería, en el trabajo la otra, y entre ambas se extiende un trayecto lleno de obstáculos, sin combustible y con la única opción de moverse “a pierna limpia”. El pitazo inicial suena temprano y el cansancio llega antes del medio tiempo.
En este partido no todos juegan con las mismas reglas ni con el mismo equipamiento. Para recargar energías existen las mipymes, pero no siempre aceptan la misma “moneda del juego”.
CUP, MLC o “fula duro”: la billetera decide si puedes seguir corriendo o si te quedas en la banca. Las tarjetas en divisas, reservadas para los “jugadores estrellas”, marcan una diferencia que no depende del talento ni del esfuerzo, sino del acceso. Como en los grandes clubes, hay quien entra al campo con botines de última generación y quien juega descalzo.
"Las tarjetas de fula duro son para jugadores estrellas, tipo Messi o Cristiano y bueno, también los hijos de Maradona, Pelé...( los monstruos, tú sabes)"
A medida que el marcador del día aprieta, algunos aún esperan un penalti a favor: una oportunidad, un atajo, una excepción que alivie la carga. Pero el rumor en las gradas es que vienen nuevas tarjetas en el “paquetazo”: amarillas y rojas para imponer orden, evitar choques y disciplinar el juego. Se habla de un sistema más “limpio”, “ordenado”, bancarizado y dolarizado, donde cada pase quede registrado y cada falta tenga consecuencia.
Sin embargo, cuando la presión aumenta y el árbitro cambia las reglas en pleno partido, el riesgo es que el juego se descontrole. No por mala intención, sino por agotamiento. Porque no todos llegan al final con aire en los pulmones ni con reservas en el bolsillo. Y cuando el cansancio se mezcla con la desigualdad, cualquier roce puede convertirse en falta grave.
La metáfora del fútbol retrata una realidad conocida: sobrevivir se parece cada vez más a competir en una liga donde el calendario es implacable y el presupuesto, desigual. La gente corre, se adapta, inventa jugadas, cambia de posición, y aun así el empate no garantiza descanso. La pregunta que queda flotando en el estadio es si el objetivo es ganar el partido del orden o asegurar que todos puedan, al menos, terminarlo de pie. Porque ningún campeonato es sostenible si la mitad del equipo juega lesionado y la otra mitad mira el marcador desde la zona VIP.
Del perfil de Larisa Camacho
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