La crisis social en Cuba continúa profundizándose y dejando imágenes que estremecen. En la ciudad de Matanzas, específicamente en la esquina de Mujica y el Callejón de Gumá, vecinos denuncian una situación desgarradora: una mujer de edad avanzada, con evidentes trastornos mentales, vive de forma permanente en un basurero, completamente abandonada a su suerte.
Según testimonios de residentes, esta es la segunda persona en condiciones similares que ocupa ese mismo punto. La mujer revisa los desechos en busca de comida, esparce la basura por la cuadra, duerme en portales de viviendas, raya paredes y afecta propiedades, incluidos automóviles. La zona se ha convertido en un foco constante de insalubridad que pone en riesgo tanto a la comunidad como a la propia mujer.
Uno de los hechos más impactantes ocurrió cuando una familia abrió la puerta de su casa para llevar a sus hijos a la escuela y encontró el quicio cubierto de excrementos, orina y basura. Intentar dialogar con la señora resulta imposible y, en ocasiones, peligroso, pues puede reaccionar de manera agresiva. Nadie en el barrio sabe a quién acudir, ni recibe respuesta efectiva de las autoridades.
Lo más doloroso, aseguran los vecinos, es que esta mujer fue maestra de primaria durante gran parte de su vida. Alguien que educó a generaciones, que sirvió al país, hoy sobrevive comiendo restos en descomposición, cartón y bebiendo agua contaminada de filtraciones y fosas. Su historia es un símbolo trágico del colapso de la atención social y de la salud mental en Cuba.
Casos como este ya no son excepcionales. Personas con enfermedades psiquiátricas deambulan por calles, parques y basureros, sin medicación, sin seguimiento médico y sin un lugar digno donde vivir. Deberían estar bajo cuidado especializado, protegidas por instituciones estatales, pero en la práctica son empujadas a la indigencia más extrema.
La comunidad está desbordada entre la indignación, el miedo y la tristeza. Los vecinos no solo temen por la seguridad y la higiene del barrio, sino también por la vida de una mujer que cada día se deteriora más ante los ojos de todos. La sensación de impotencia es total.
Este drama humano no es solo una tragedia individual, es el reflejo de un sistema incapaz de proteger a sus ciudadanos más vulnerables. El silencio oficial ante estas realidades duele casi tanto como la escena misma. Cuba no solo enfrenta una crisis económica, enfrenta una crisis moral y social profunda, donde antiguos profesionales terminan viviendo entre la basura, invisibles para quienes deberían garantizar su dignidad.
Cuba duele. Y cada historia como esta es una herida abierta que no puede seguir siendo ignorada.
Del perfil de La Tijera
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