La reciente denuncia sobre la filtración de aguas albañales en la sala K de Cirugía del Hospital “Faustino Pérez” de Matanzas no es un hecho aislado, sino otro síntoma de la profunda crisis sanitaria que atraviesa el país. Un salón quirúrgico, donde deberían prevalecer las más estrictas normas de higiene, convertido en un foco de infección por tuberías rotas y falta de limpieza, representa un riesgo directo para pacientes vulnerables y para el propio personal médico que, aun en condiciones extremas, continúa prestando servicios.
Resulta indignante que una institución que ostenta el título de “Vanguardia Nacional del Sector de la Salud” presente condiciones que contradicen cualquier estándar mínimo de seguridad hospitalaria. Más allá de los reconocimientos oficiales, la realidad que viven pacientes y trabajadores es la de la escasez, el deterioro estructural y la desatención sistemática. La falta de mantenimiento, la carencia de productos de limpieza y la ausencia de respuestas rápidas ante situaciones críticas son parte del día a día en muchos centros asistenciales del país.
Casos similares se han reportado en otras provincias. En hospitales de La Habana, familiares de pacientes han denunciado baños inservibles, salones con filtraciones de techo y presencia de vectores como cucarachas y roedores. En Santiago de Cuba, se han difundido imágenes de salas sin agua corriente durante horas, obligando al personal a improvisar con cubos para mantener una higiene mínima. En Villa Clara y Holguín, se han documentado interrupciones prolongadas del servicio eléctrico en áreas sensibles, incluyendo terapias intensivas y salones de parto.
Estas condiciones no solo afectan la calidad del servicio, sino que aumentan considerablemente el riesgo de infecciones intrahospitalarias, complicaciones postoperatorias y, en los casos más graves, la muerte de pacientes que ingresan buscando alivio y terminan enfrentando nuevos peligros. A ello se suma el desgaste emocional del personal de salud, que trabaja bajo presión constante, con pocos recursos y sin el respaldo institucional necesario para garantizar prácticas seguras.
La crisis hospitalaria refleja un problema estructural más amplio: la falta de inversión real en infraestructura, la mala gestión de los recursos y la ausencia de mecanismos efectivos de control y rendición de cuentas. Mientras los discursos oficiales insisten en los logros del sistema de salud, la realidad en los pasillos de muchos hospitales cuenta otra historia, marcada por el abandono y la improvisación.
Ante este panorama, las denuncias ciudadanas se convierten en una herramienta esencial para visibilizar lo que se intenta ocultar. Callar ante estas situaciones es normalizar el peligro. Exigir soluciones no es un acto de deslealtad, sino de responsabilidad social. La salud no puede seguir dependiendo del sacrificio individual ni de la resignación colectiva. La vida de los pacientes merece más que promesas: merece condiciones dignas, seguras y humanas.
Fuente: La Tijera
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