En las últimas horas, un suceso poco común sacudió la tranquilidad de Playa Baracoa, en la provincia de Artemisa, cuando un enorme buque portacontenedores apareció sorprendentemente cerca de la línea costera. Vecinos y transeúntes no tardaron en detenerse, teléfonos en mano, ante la imagen imponente de la nave recortándose contra el horizonte, como si el mar hubiese decidido acercar el comercio global hasta las arenas cubanas.
Según informó la prensa oficial, la embarcación solicitó autorización para anclarse temporalmente en esa latitud debido a las condiciones adversas del tiempo. La marejada, persistente y peligrosa, obligó al capitán del buque a tomar una decisión preventiva: buscar resguardo antes de continuar su travesía hacia un puerto seguro. El protagonista de esta escena fue el buque portacontenedores LARS D, que se dirigía al puerto de Mariel, uno de los principales enclaves logísticos y comerciales del país.
La presencia tan cercana de una nave de este tamaño no pasó inadvertida. Para muchos cubanos fue un momento de asombro y curiosidad, pero también de preguntas. ¿Qué hacía un buque de tales dimensiones tan próximo a la costa? ¿Existía algún peligro? Las autoridades aclararon que no se trató de una emergencia ni de una maniobra fuera de lo habitual, sino de una acción responsable ante las condiciones marítimas, priorizando la seguridad de la tripulación, la carga y la propia embarcación.
El episodio pone de relieve la fuerza impredecible del mar y la experiencia que requiere la navegación en el Caribe, una región donde los cambios de clima pueden ser bruscos. También recuerda la importancia estratégica del puerto de Mariel, destino final del LARS D, como punto clave para el comercio marítimo y la entrada de mercancías a la Isla.
Mientras las olas golpeaban con fuerza y el viento marcaba el ritmo de la jornada, Playa Baracoa se convirtió, por unas horas, en escenario de un encuentro inesperado entre la vida cotidiana y las rutas del comercio internacional. Un gigante de acero, detenido por la marejada, dejó una estampa que muchos no olvidarán fácilmente: la sensación de que el mundo, por un instante, estuvo un poco más cerca de la costa cubana.
Fuente: Alberto Arego
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