La actriz cubana Judith Gónzalez—conocida y querida por el público como la inolvidable Magdalena “la Pelúa”, personaje que la convirtió en un rostro familiar dentro y fuera de la Isla— ha vuelto a tocar una fibra profunda del exilio y de quienes aún resisten en Cuba. No lo ha hecho desde un escenario ni a través de un guión, sino desde la memoria, la vivencia personal y una reflexión cargada de nostalgia, dolor y esperanza.
Judith no habla como figura pública que opina a distancia. Habla como cubana que recuerda. Como niña que creció en Ciego de Ávila, en una Cuba donde la cotidianidad todavía conservaba rastros de normalidad. En su testimonio evoca escenas simples —un padre con carro, un lavado de autos, tiendas donde se compraban productos básicos— y es precisamente ahí donde radica la fuerza de su mensaje: en lo pequeño que hoy resulta impensable.
“Cosas tan sencillas como estas se perdieron... ¡Es que se perdió todo! ”, afirma. No es una frase retórica. Es un balance íntimo de décadas de deterioro.
Nacida en 1971, Judith pertenece a una generación bisagra. No vivió la Cuba republicana, pero sí alcanzó a conocer una Isla que, aun bajo el control del sistema socialista y la dependencia soviética, conservaba espacios de funcionamiento económico, abastecimiento y cierta dignidad material. Recuerda los groceries de los años setenta y ochenta, los mercados donde era posible comprar jamón, queso, productos básicos sin la humillación permanente de la escasez.
Su relato no idealiza: contextualiza. Reconoce el entramado político, la dependencia de la Unión Soviética, la falta de soberanía real. Pero subraya una verdad incómoda: incluso dentro de ese modelo, Cuba tenía más de lo que tiene hoy.
La actriz habla desde la experiencia emocional. Cada vez que entra a un car wash en Estados Unidos, dice, regresan los recuerdos. No como postal turística, sino como evidencia de una pérdida acumulada. De un país que fue desmontado pieza por pieza.
Pero el testimonio no se queda en la melancolía. Da un giro hacia el presente y hacia el futuro. Judith se suma a una sensación compartida por muchos cubanos dentro y fuera del país: la percepción de que algo se mueve, de que el tiempo se acelera. “El reloj está marcando tic-tac”, dice, como si la historia hubiera entrado en cuenta regresiva.
Su visión de una Cuba futura no es abstracta. Es concreta: una nación que produzca, que no dependa, que se reconstruya con el aporte del exilio, con cárceles vacías de presos políticos y con libertad como condición esencial. No habla de revancha, sino de reconstrucción.
Judith no oculta que el proceso puede ser doloroso. Advierte que la oscuridad puede intensificarse antes del amanecer. Su mensaje a quienes permanecen en la Isla no es triunfalista: es de resistencia. “Si has aguantado, ahora es el momento”, dice, reconociendo el sacrificio cotidiano de millones.
En su reflexión aparece también el contexto internacional. Las recientes decisiones del gobierno de Estados Unidos, la declaración de emergencia y el aumento de la presión política no son, a su juicio, gestos improvisados. “Esto no ha llegado a este punto por gusto”, insiste. Para ella, el momento actual no es casualidad histórica, sino consecuencia de un desgaste prolongado.
La actriz interpreta el presente como la convergencia de factores largamente postergados. “Se han unido todas las fichas de un rompecabezas que por 67 años ha oprimido a un pueblo”, afirma. Y en esa lectura atribuye un papel decisivo a la actual administración estadounidense, convencida de que se ha marcado un punto de no retorno.
Judith habla con la misma espontaneidad que la hizo querida como comediante. Pero detrás de esa naturalidad hay una claridad política y una sensibilidad social que conectan con miles de cubanos. Su discurso no nace del odio, sino de la memoria y del anhelo de normalidad.
El cierre de su mensaje es revelador: agradece una canción, un símbolo cultural del exilio, porque la música —como el recuerdo— también sostiene la esperanza. No es una consigna; es un refugio emocional.
Judith no se presenta como líder ni como analista. Se presenta como lo que es: una cubana que recuerda, que observa, que siente. Y en esa honestidad radica la potencia de sus palabras.
En tiempos de incertidumbre y fractura, su voz funciona como puente entre la Cuba que fue, la que es y la que muchos sueñan volver a ver. El mensaje de Judith cierra con una nota profundamente simbólica al agradecer a Willy Chirino por una canción que —dice— la llena de esperanza cada vez que la escucha. La actriz no solo rinde homenaje a otro cubano del exilio, sino que se permite imaginar el día después.
“A celebrarlo”, afirma casi como una promesa. Confiesa que ya ensaya la coreografía, no para un escenario, sino para el momento en que Cuba sea libre, al ritmo de “Ya viene llegando, ya todo el mundo lo está esperando”. No es una frase ligera: es la forma en que una artista traduce la espera en movimiento, la fe en música y la libertad en celebración anticipada.
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