La grave escasez de agua que desde hace meses golpea a la ciudad de Matanzas ha llevado a una situación límite: ciudadanos manipulando por su cuenta las válvulas del sistema de distribución para redirigir el recurso hacia sus barrios. El hecho, denunciado recientemente por el periódico oficialista Girón, vuelve a poner en evidencia no solo la precariedad del abasto, sino también el profundo malestar social provocado por el manejo ineficiente y opaco de las autoridades.
Según informó la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Matanzas, durante un recorrido nocturno de control, directivos de la entidad sorprendieron “infraganti” a dos personas operando una válvula reguladora en la zona de Peñas Altas, con el objetivo de desviar el agua hacia el reparto Playa. De acuerdo con la versión oficial, esta acción alteró los horarios de distribución y perjudicó a otras áreas de la ciudad.
Girón calificó el hecho como una “indisciplina grave” y advirtió que la manipulación de los sistemas de rebombeo y distribución constituye una violación de las normas vigentes, susceptible de sanciones legales. El medio subrayó que ningún ciudadano está autorizado a intervenir en infraestructuras que afectan a un elevado número de habitantes y señaló que el caso fue denunciado a las autoridades competentes, a la espera de los resultados de una investigación.
Sin embargo, más allá de la narrativa oficial, los comentarios de los lectores en redes sociales reflejan un escenario muy distinto. Lejos de justificar la manipulación de válvulas, muchos matanceros expresan su hartazgo ante la falta crónica de agua y la ausencia de respuestas efectivas por parte de las instituciones responsables.
Un usuario identificado como David cuestionó la veracidad del reporte y lo calificó de “oportunista”, asegurando que se intenta responsabilizar a la población para encubrir a los verdaderos culpables. “¿Me van a hacer creer que en toda la ciudad existe una red que opera llaves y válvulas sin que nadie se dé cuenta?”, escribió, apuntando directamente a la corrupción y al control discrecional del recurso como las causas reales del problema. Relató además que en su zona, abastecida por el tanque de La Cumbre, el agua se corta a cualquier hora y, cuando llega, lo hace sin presión, mientras proliferan los negocios de pipas privadas.
Otros comentarios coinciden en que, más que una “indisciplina”, estos actos pueden ser el resultado de la desesperación. Isis señaló que habría que determinar si se trata de una falta real o de personas cansadas de ser ignoradas por quienes tienen la responsabilidad de abrir las llaves “como está establecido”. Roma, por su parte, resumió el sentir general: quejas constantes, promesas incumplidas y una realidad que no cambia. “NO HAY AGUA”, escribió, denunciando mentiras y falta de bombeo en zonas cercanas incluso a instalaciones sensibles como el hospital pediátrico.
El episodio revela una fractura evidente entre el discurso oficial y la experiencia cotidiana de los ciudadanos. Cuando el acceso al agua depende de arbitrariedades, silencios y excusas, la línea entre la ilegalidad y la supervivencia cotidiana se vuelve cada vez más difusa. En Matanzas, la manipulación de válvulas no es solo un problema de disciplina, sino el síntoma de una crisis más profunda que sigue sin solución.
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