Según informaciones del Instituto de Metereología, una masa de aire muy frío, de origen ártico, entró este domingo 1 de febrero al territorio cubano. La cadena radial CMHW informó que este fenómeno provocará un descenso significativo de las temperaturas en gran parte del país hasta el miércoles 4 de febrero, con sensaciones térmicas que podrían resultar peligrosas para las personas que no estén debidamente abrigadas o se expongan por largo tiempo al aire frío.
Se esperan cifras récords lo que indiscutiblemente perjudicará a gran parte de la población que carece de abrigos y está mal alimentada. Registros históricos se preven, no dudando que sea quebrado el récord nacional de 0.6 °C en la estación de Bainoa, provincia de Mayabeque, alcanzado el 18 de febrero de 1996. Es, hasta la fecha, el único valor oficial por debajo de 1 °C en Cuba.
Para una población que vive con hambre, el frío no es solo una condición climática: es una amenaza silenciosa que profundiza la vulnerabilidad diaria. En Cuba, donde gran parte de la población enfrenta escasez de alimentos, apagones prolongados y un acceso limitado a ropa de abrigo adecuada, una ola de frío ártico adquiere un significado mucho más crudo y peligroso.
El cuerpo humano necesita energía para mantenerse caliente. Cuando esa energía no proviene de una alimentación suficiente y balanceada, el organismo pierde rápidamente la capacidad de regular su temperatura. Para una persona hambrienta, el frío se siente más intenso, más persistente y más agotador. No es solo tiritar: es debilidad, mareo, riesgo de hipotermia y agravamiento de enfermedades crónicas. En ancianos, niños y personas enfermas, el peligro se multiplica.
En un país tropical como Cuba, la mayoría de las viviendas no está preparada para bajas temperaturas. Las casas carecen de aislamiento térmico, las ventanas no sellan bien y muchas personas duermen en espacios húmedos o mal ventilados. A esto se suma la falta de electricidad estable, que impide el uso de calentadores, y la escasez de mantas o ropa gruesa. Para miles de cubanos, “abrigarse” significa superponer la misma ropa ligera de siempre, muchas veces rota o insuficiente.
El frío también agrava el hambre de manera indirecta. Cocinar se vuelve más difícil cuando faltan electricidad, gas o alimentos básicos. El cuerpo demanda más calorías, pero la mesa sigue vacía. Así, el frío no solo duele en la piel, sino también en el estómago. Es un círculo cruel: menos comida implica más frío; más frío implica mayor desgaste físico y emocional.
Para una población hambrienta y apenas abrigada, el frío se convierte en otra forma de precariedad. No es un fenómeno pasajero, sino un recordatorio de la fragilidad cotidiana. En ese contexto, cada madrugada fría no es solo una noticia meteorológica: es una prueba de resistencia humana.
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