El viejito, el milagroso, el que conoce el dolor de los enfermos, el que padece en carne propia los rigores de las enfermedades.
En la casa de millones de cubanos tiene un rinconcito con tabaco y monedas, para que libre a la familia de los más terribles padecimientos.
Babalú Ayé es un título que significa padre del mundo; sincretizado en San Lázaro, es uno de los más venerados en el panteón yoruba, es la instancia a la que recurren desesperados los de la mayor de las Antillas, cuando la esperanza de recuperar la salud física se les escapa de las manos.
Según las leyendas africanas llegadas a la isla, es el restituido, el que tuvo una segunda oportunidad y así conoce el valor de la vida.
Luego de profanar un jueves santo, y ofender a Orúnmila, amaneció con el cuerpo todo cubierto de llagas purulentas, abandonado por todos y solo seguido por perros, hasta que murió, la oportunidad de resucitar se la consiguió su mujer, Ochún y ahora es el más misericordioso de todos.
No sé si hasta aquí, algo le suena familiar, es que los negros encontraron en la religión católica una figura similar para esconder su devoción, el Lázaro, el mendigo, el leproso de una parábola de Jesús, unido a la figura del San Lázaro de Betania, el resucitado.
Lo cierto es que la fe es la esperanza de muchos que ya no tienen nada, y para el que no puede sujetarse a otra cosa, aferrarse a los milagros de este santo es quizás el único camino.
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