Hay historias que no admiten demora, ni discursos, ni justificaciones. La de este recién nacido cubano es una de ellas. Su vida, literalmente, avanza al ritmo de un reloj que no se detiene, mientras la posibilidad de salvarlo se aleja con cada día que pasa. No se trata de estadísticas ni de debates médicos abstractos: es un bebé con una cardiopatía congénita grave que necesita una cirugía urgente para sobrevivir y que, hoy, no puede recibirla en Cuba.
El niño nació el 31 de enero, apenas comenzando la noche. Pocas horas después, el diagnóstico cayó como una sentencia: tronco arterioso, una de las malformaciones cardíacas más complejas y letales si no se corrige a tiempo. Su madre, Yarelys Miranda Ramos, de 29 años, escuchó de los médicos una frase devastadora: la operación que su hijo necesita no se está realizando en el país. Aceptar eso, para una madre, es casi imposible.
El tronco arterioso no deja espacio para la espera. El corazón del bebé funciona con un solo gran vaso sanguíneo, lo que provoca una mezcla peligrosa de sangre oxigenada y no oxigenada. El resultado es un esfuerzo brutal para el corazón y los pulmones, que rápidamente conduce a insuficiencia cardíaca y daño irreversible.
La ciencia médica lo tiene claro: la única opción real es una cirugía a corazón abierto durante las primeras semanas de vida.
Especialistas han sido categóricos. “Si no se opera, este bebé morirá en pocas semanas”. No es una opinión exagerada ni una frase para conmover; es la realidad clínica de esta cardiopatía. En otros países, este procedimiento forma parte de la cardiocirugía pediátrica habitual. No es experimental ni extraordinario. En Cuba, hoy, es inaccesible.
La negativa no responde a que el niño no sea operable, sino a la pérdida de capacidad real del sistema de salud para enfrentar intervenciones altamente especializadas. Esa es la verdad incómoda que emerge una vez más: hay enfermedades que ya no se pueden tratar, no por falta de conocimiento, sino por falta de recursos, tecnología y condiciones mínimas.
Ante ese vacío, la madre ha hecho lo único que le queda: pedir ayuda. Ha solicitado contacto con cardiólogos, apoyo internacional y orientación para gestionar una visa humanitaria que permita sacar al niño del país. Su llamado no es político ni ideológico; es profundamente humano.
Aquí el tiempo no es un concepto abstracto. Cada día que pasa reduce las probabilidades de supervivencia. Cada silencio pesa. Este no es solo el drama de una familia, es el reflejo de un sistema que ya no puede proteger a los más vulnerables.
Un recién nacido lucha por vivir. El mundo aún puede decidir si escucha a tiempo.
Fuente: Yarelys Miranda Ramos - Periódico Cubano
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