Tras casi siete décadas en el poder, el gobierno cubano atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia reciente. Una economía en caída libre, apagones constantes, escasez de combustible y el éxodo de millones de ciudadanos han creado un escenario explosivo que, según analistas citados por The New York Times, coincide con una renovada ofensiva de presión del presidente estadounidense Donald Trump contra La Habana.
Durante años, cada rumor sobre la caída del régimen despertó celebraciones entre los exiliados cubanos, especialmente en Miami. Ocurrió cuando Fidel Castro enfermó gravemente, cuando cedió el poder a su hermano Raúl y también tras su muerte en 2016. Sin embargo, el sistema sobrevivió a todos esos momentos. Hoy, el contexto parece distinto.
De acuerdo con The New York Times, la estrategia de Trump ha elevado drásticamente la apuesta. Washington ha cerrado el acceso de Cuba a envíos de petróleo, ha golpeado su ya debilitada industria turística y ha endurecido las sanciones financieras. El propio Trump ha asegurado que el gobierno cubano “está en las últimas”, una afirmación que resuena con fuerza entre sectores del exilio que llevan décadas esperando el colapso del régimen comunista.
El combustible es el punto más sensible. El petróleo mantiene en funcionamiento el transporte público, las fábricas y la agricultura. Las nuevas medidas estadounidenses han afectado directamente a los dos principales proveedores de crudo de la isla: Venezuela y México. Durante años, Caracas envió alrededor de 35.000 barriles diarios a cambio de servicios médicos cubanos. Con ese flujo interrumpido y bajo la amenaza de aranceles a cualquier país que suministre petróleo a La Habana, Cuba enfrenta apagones generalizados y una parálisis creciente.
Expertos citados por The New York Times recuerdan que la isla produce solo cerca del 40 % del petróleo que consume. Sin importaciones suficientes, el país corre el riesgo de un colapso energético total. Aunque Cuba ya sobrevivió al “Período Especial” tras la caída de la Unión Soviética en los años noventa, muchos observadores coinciden en que esta crisis combina factores inéditos: aislamiento financiero, migración masiva y ausencia de un benefactor externo dispuesto a rescatar la economía.
Desde el sur de Florida, líderes del exilio aseguran que funcionarios del gobierno de Trump les han transmitido que el final del régimen es cuestión de tiempo. Marcell Felipe, presidente del Museo Americano de la Diáspora Cubana, afirmó —según recoge el diario— que existe un plan para forzar cambios en la isla antes de 2026. La Casa Blanca, por su parte, ha señalado que estaría dispuesta a dialogar si el gobierno cubano ofreciera concesiones políticas y económicas reales, como la legalización de partidos opositores o una mayor apertura al sector privado.
La respuesta de La Habana ha sido ambigua. Mientras altos funcionarios niegan cualquier negociación política y rechazan lo que consideran una “agresión inmoral” de Estados Unidos, el presidente Miguel Díaz-Canel ha reconocido públicamente la gravedad de la situación. En una reciente comparecencia, habló de racionar el poco combustible disponible y de acelerar proyectos de energía solar y eólica, sin mencionar nuevas fuentes de petróleo.
Al mismo tiempo, el gobierno cubano ha enviado señales contradictorias: propone cooperación técnica con Washington en temas como narcotráfico o terrorismo, pero tolera actos de hostigamiento contra diplomáticos estadounidenses en la isla, prácticas conocidas como “actos de repudio”.
Otro interrogante clave, subrayado por The New York Times, es qué ocurriría si el régimen colapsa. La mayoría de los líderes opositores están presos o en el exilio, y no existe una figura clara de transición. Historiadores y exfuncionarios estadounidenses recuerdan que las predicciones de una caída inminente han fallado antes, pero reconocen que hoy no hay un aliado poderoso dispuesto a rescatar a Cuba, como ocurrió con Venezuela en el pasado.
“Esta vez se siente diferente”, afirmó la historiadora Ada Ferrer al diario neoyorquino. La combinación de presión externa, agotamiento interno y falta de alternativas económicas ha colocado al gobierno cubano ante un desafío existencial. Si resistirá una vez más o si, finalmente, el sistema llegará a su límite, sigue siendo la gran incógnita.
(Con información de The New York Times)
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