La tensión política en Cuba ha escalado en los últimos días tras la aparición de carteles con mensajes de protesta contra la dictadura en puntos estratégicos de La Habana y la provincia de Mayabeque. Estas acciones, aunque simples en apariencia, han tenido un impacto profundo en la ya frágil estabilidad del régimen castrista, que ha respondido con un despliegue desmedido de fuerzas policiales y de la Seguridad del Estado.
“Así está ahora mismo el lugar y los alrededores de donde ustedes pusieron el mensaje contra el régimen”, reportó un seguidor del movimiento Cuba Primero, evidenciando la fuerte vigilancia instalada en la zona. El muro del puente del malecón, frente al hospital Ameijeiras, permanece bajo observación constante, con agentes apostados día y noche. El mensaje es claro: el régimen teme que, al menor descuido, los activistas vuelvan a alzar su voz pintando nuevas consignas contra la dictadura.
Este despliegue represivo no hace más que confirmar el nerviosismo del poder. Lejos de transmitir fortaleza, revela el miedo de un sistema que se sabe cuestionado y cada vez más rechazado por la población. Durante décadas, el castrismo gobernó apoyado en el silencio forzado y el terror. Hoy, ese muro del miedo comienza a resquebrajarse.
“El pueblo cubano ha perdido el miedo”, aseguran activistas y ciudadanos que observan cómo crece el número de personas dispuestas a desafiar la narrativa oficial. Según Armando Labrador, presidente de Cuba Primero, los llamados Clandestinos de Cuba Primero están presentes “por todos los rincones del país” y continúan organizándose para llevar a cabo nuevas acciones de protesta y denuncia. Su objetivo no es la violencia, sino la visibilidad: demostrar que el rechazo al régimen es real, amplio y sostenido.
La reacción del Estado, con vigilancia extrema y persecución constante, contrasta con la precariedad que vive el pueblo cubano: escasez de alimentos, apagones interminables, salarios miserables y una falta total de libertades básicas. Mientras el régimen invierte recursos en controlar muros y carteles, la ciudadanía exige soluciones, dignidad y futuro.
Cada consigna pintada, cada mensaje clandestino, se convierte en un símbolo de resistencia pacífica. El castrismo, cada vez más acorralado, enfrenta una verdad incómoda: ya no gobierna sobre una población resignada, sino sobre ciudadanos decididos a hacerse escuchar. En las calles, en los muros y en la conciencia colectiva, la protesta crece y el miedo cambia de bando.
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