Decenas de residentes en Caracas vivieron momentos de miedo y confusión la madrugada del 3 de enero, durante la operación militar estadounidense que culminó con la captura y extracción del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.
“Lo que vivimos no fue fácil. Estaba muy oscuro, hubo muchos disparos y las explosiones fueron muy cerca; muchos vidrios de los apartamentos cayeron”, relató Juan*, quien reside en los edificios de Fuerte Tiuna. Las detonaciones comenzaron alrededor de las 2:00 am y provocaron la interrupción de los servicios de luz, agua y gas, así como la pérdida de señal telefónica. “Estábamos a la buena de Dios. Todo parecía una película: la gente gritaba, los niños lloraban y corríamos por las escaleras. Hubo heridos y vecinos muy queridos murieron”, añadió.
Durante los ataques, los accesos a la zona estaban cerrados, lo que impidió que muchos residentes evacuaran a tiempo. Juan logró salir solo después de que cesaron los bombardeos, gracias a un vehículo de una amiga.
En otras áreas de Caracas, cercanas al Palacio de Miraflores y la Vicepresidencia, los estruendos despertaron a los vecinos, quienes se alejaron rápidamente de la zona por temor a nuevos ataques. Rebeca*, de 57 años, narró cómo sintió que la cama se estremecía al escuchar las explosiones cerca de su edificio. Su hijo de 32 años estaba en la casa y ambos se refugiaron en la cocina para protegerse de los vidrios que vibraban con cada detonación.
“Sentí mucho miedo. Pensé que debía despedirme de mi familia porque no sabía qué iba a pasar”, recordó Rebeca. Tras la calma, decidieron caminar hasta el apartamento de su hija, más alejado de la zona, mientras observaban calles desiertas y vecinos huyendo en motos o auxiliando a quienes se caían en la confusión.
Los testimonios coinciden en que la magnitud y el sonido de las explosiones fueron intensos, afectando estructuras y vidrios de los edificios. Rebeca comparó la experiencia con los hechos del 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992, durante intentos de golpe de Estado, aunque aclaró que esta vez la violencia fue diferente. “Escuché que caía algo y sonaba la explosión, pero el ruido era más cerrado; supe que era un bombardeo cuando la cama se estremeció”, explicó.
Los residentes describen momentos de caos absoluto: vecinos mayores permanecieron en el piso de planta baja por no tener cómo irse, mientras otros corrían por las escaleras y las calles permanecían vacías. La confusión y el temor se mezclaron con la urgencia de protegerse, evidenciando la vulnerabilidad de los civiles en medio de operaciones militares de gran escala.
El equipo de El Diario conversó con varios de estos testigos, quienes coincidieron en que la experiencia fue traumática y que el impacto físico y emocional de los bombardeos se sintió durante horas. Muchos tuvieron que llamar a familiares para asegurarse de que estaban bien y para entender la magnitud de lo ocurrido.
Aunque no todos resultaron heridos físicamente, el recuerdo de la madrugada del 3 de enero deja una huella imborrable. Los testimonios reflejan la incertidumbre, el miedo y la impotencia de quienes se encontraron en medio de un escenario de guerra urbana, sin previo aviso y con consecuencias inmediatas en su vida cotidiana y su seguridad.
(Con información de El Diario)
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