La captura de Nicolás Maduro en Caracas por una operación de Estados Unidos ha provocado un fuerte impacto geopolítico y obliga a Rusia y China a recalcular sus intereses en América Latina. Aunque Moscú y Pekín condenaron la intervención y reclamaron la liberación del mandatario venezolano, sus reacciones, hasta ahora, se han limitado a declaraciones diplomáticas. No se esperan acciones concretas en el corto plazo. Predominan la cautela y la realpolitik.
Ambas potencias pierden a un aliado clave en la región, sostenido durante dos décadas con apoyo financiero, diplomático y militar. Sin embargo, la ausencia de medidas inmediatas sugiere que priorizan otros frentes estratégicos. Para Rusia, el eje central sigue siendo Ucrania; para China, el Indo-Pacífico y Taiwán. El golpe en Caracas se interpreta como un mensaje de poder regional de Washington más que como una reconfiguración global del orden internacional.
Analistas señalan que la operación refuerza la percepción de que la política exterior estadounidense busca consolidar su hegemonía en el hemisferio occidental, con intervenciones de alto impacto y alcance limitado. Esta lectura podría incluso envalentonar a Moscú y Pekín en sus respectivas áreas de influencia, al considerar que Washington evita confrontaciones directas con potencias de igual rango.
En el plano de las motivaciones, el cambio de régimen en Venezuela llevaba años discutiéndose en círculos políticos de Estados Unidos. La presión de sectores internos —en especial del sur de Florida—, junto con prioridades como narcotráfico, migración y seguridad nacional, habrían pesado tanto como los intereses geopolíticos. La doctrina de esferas de influencia, evocada por la Casa Blanca, sugiere un retorno a enfoques intervencionistas que muchos creían superados tras la Guerra Fría.
Para Rusia, la relación con Venezuela ha sido estratégica, con acuerdos energéticos, militares y financieros. Moscú consideraba a Caracas su principal aliado al sur de Estados Unidos y había reforzado la cooperación recientemente. Aun así, el arresto de Maduro expone fallas en los sistemas de seguridad que Rusia ayudó a sostener y supone la pérdida de un eslabón más en su red de aliados, tras los reveses en Siria e Irán.
China, por su parte, es el mayor acreedor de Venezuela y un socio comercial decisivo. Aunque el petróleo venezolano ha sido relevante para Pekín, su peso es manejable dentro del conjunto de importaciones chinas. Desde hace años, China había reducido inversiones y financiación directa, priorizando otros socios regionales. La eventual pérdida de influencia en Caracas no representa un golpe crítico, aunque sí afecta su estrategia de presencia en el Sur Global.
En conjunto, la captura de Maduro establece un precedente para el uso de la fuerza en cambios de régimen dentro de áreas de influencia. Rusia y China protestan en el plano retórico, pero evitan escalar. Sus intereses inmediatos están lejos del Caribe, y asumir mayores costos por Venezuela no parece, por ahora, una apuesta rentable.
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