En medio de apagones interminables, pobreza creciente y una migración que desangra al país, el reciente “¡Viva Cuba Libre!” publicado por Lis Cuesta ha encendido las redes sociales. No por lo que dice, sino por lo que omite y es que su gesto no se percibe como un acto espontáneo de patriotismo, sino como una consigna cuidadosamente calculada en un momento de alta tensión política.
El mensaje, acompañado de un video del Movimiento Juvenil Martiano, intenta reinterpretar el pensamiento de José Martí para desacreditar a quienes, dentro y fuera de la Isla, han planteado la posibilidad de presión o intervención internacional frente a la crisis estructural del país. El material afirma que pedir ayuda extranjera equivale a “entregar la soberanía”, reduciendo un debate complejo a una consigna moralizante.
Sin embargo, muchos cubanos ven una contradicción evidente. Se apela a Martí como símbolo de independencia mientras el ciudadano común carece de libertades básicas: libertad de expresión, de asociación, de emprendimiento político real. El oficialismo insiste en distinguir entre “derecho a pensar” y “libertad de pensamiento”, una sutileza semántica que para la oposición no es más que un intento de justificar límites impuestos desde el poder.
El uso del lema “Cuba Libre” resulta particularmente polémico. Históricamente asociado a la lucha por la independencia, hoy resuena con un significado distinto para miles de cubanos que lo utilizan para reclamar elecciones libres, pluralismo político y el fin del monopolio del poder. Cuando una figura vinculada directamente al círculo gobernante emplea esa expresión sin reconocer el contexto de crisis actual, muchos lo interpretan como una apropiación descarada y demagógica.
Además, la publicación ocurre en un momento crítico: deterioro energético, inflación descontrolada y creciente presión internacional. Insistir en el discurso de la soberanía sin abordar las demandas internas es una forma de desviar la conversación. El debate no gira únicamente en torno a la intervención extranjera, sino a la falta de mecanismos internos para canalizar el descontento ciudadano.
Más que cerrar filas, el mensaje ha reavivado la discusión. ¿Puede hablarse de “Cuba Libre” cuando disentir tiene costos? ¿Es traición pedir apoyo externo cuando las vías internas están bloqueadas? El problema no es la defensa de la soberanía, sino su utilización como escudo retórico frente a reclamos legítimos de cambio.
Fuente: Lis Cuesta enX y Diario de Cuba.
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