Cuba ha entrado oficialmente en una fase que el propio gobierno reconoce como extrema. Lo que durante meses fue negado o maquillado, ahora se anuncia sin rodeos: el país funciona con combustible al límite, servicios paralizados y una economía reducida a la supervivencia. Las nuevas medidas confirman un escenario de parálisis casi total.
El paquete de decisiones incluye el cierre de hoteles, la reducción de la semana laboral, el colapso del transporte público y cambios drásticos en sectores clave como la salud, la educación y la agricultura. Todo bajo una narrativa oficial de “protección de los servicios vitales”, mientras la vida cotidiana se reorganiza alrededor del apagón permanente.
Uno de los golpes más simbólicos es el que recibe el turismo, durante años presentado como la “locomotora de la economía”. El gobierno ordenó cerrar instalaciones hoteleras y concentrar a los turistas en menos polos para ahorrar energía. Complejos de alto estándar han comenzado a apagar luces, una señal clara de que ni siquiera el sector más protegido escapa al derrumbe energético.
En el ámbito laboral, el Estado reduce la presencialidad al mínimo. La administración pública trabajará principalmente de lunes a jueves, dejando los viernes y fines de semana prácticamente inactivos. Miles de trabajadores estatales quedan en condición de “interruptos”: solo cobrarán el salario completo durante el primer mes, después enfrentarán una caída abrupta de ingresos, en un país donde los precios siguen disparados.
La crisis eléctrica ha obligado al gobierno a tomar una decisión inédita: permitir que privados vendan electricidad generada con paneles solares o plantas propias. También se autorizó a empresas a importar su propio combustible si cuentan con recursos, un reconocimiento tácito de que el Estado ya no puede garantizar ni luz ni diésel.
El transporte vive su peor momento. Rutas nacionales suspendidas, provincias prácticamente aisladas y un regreso forzado a la tracción animal en el campo. En la educación, universidades migran a modalidades semipresenciales para evitar traslados. En la agricultura, los bueyes vuelven a ocupar el lugar de los tractores.
En la salud pública, la escasez de combustible alcanza niveles alarmantes. Se plantea ingresar permanentemente a pacientes crónicos en hospitales, no por razones médicas, sino para ahorrar gasolina en traslados.
Mientras tanto, la ayuda internacional llega a cuentagotas. México envió alimentos, pero el petróleo sigue en negociación por temor a sanciones estadounidenses. En medio del colapso, el gobierno vuelve a apelar a la “resistencia”, mientras los cubanos enfrentan una realidad cruda: el país ya no gestiona una crisis, sobrevive a ella.
Fuente: Telemundo 51
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