En muchas ciudades cubanas, la infancia no transcurre entre parques coloridos ni escuelas recién renovadas; transcurre entre columnas resquebrajadas, paredes descascaradas y techos que parecen sostenerse solo por costumbre.
En Cuba, los niños corren, juegan y ríen, pero lo hacen rodeados de un paisaje que debería ser prohibitivo: la ruina normalizada de un país que deja atrás sus promesas. Cada grieta, cada pedazo de concreto caído, es un testimonio silencioso de la desatención institucional y de los años de abandono.
La realidad es desgarradora: los niños no pueden soñar porque tampoco pueden dormir. La inseguridad, la falta de alimentos, medicamentos y servicios básicos, y los edificios que se desmoronan son su rutina diaria. Como señaló Maria Magdalena Santos García, “No pueden soñar porque tampoco pueden dormir; triste realidad”. El colapso de la infraestructura y la indiferencia gubernamental han convertido la sobrevivencia en una habilidad que se aprende desde la infancia.
Vecinos y ciudadanos denuncian que mientras el pueblo cubano vive en condiciones extremas, las autoridades parecen concentrarse en otros lugares y prioridades. Guelmi Abdul escribió: “No es Gaza, ni ningún portal de Palestina. Es #CubaColapsada. Y el HP del presidente sigue marchando por otros pueblos y para otra gente. #abajoelcomunismo #AbajoLaDictadura #AbajoTodo”. Teresa Reyes fue aún más directa: “Como de costumbre, cualquiera les importa más que el pueblo cubano. Los están exterminando de miles de maneras… solo verdaderos hipócritas apoyan a otros”.
El sentimiento de frustración y desesperanza es generalizado. Shango Sinmiedo comentó que sacar a su hija de Cuba fue necesario para que pudiera tener derecho a soñar en grande y no normalizar los baches y la desesperanza que rodean a la gente.
Antonio Lozano y Betico Figueredo recuerdan que, entre tragedias y accidentes, la vida del cubano parece pendiendo de un hilo, mientras que Robero Ricci llega a plantear que la situación es tan insoportable que “merecería la pena una guerra civil a seguir viviendo así, sin dignidad, sin libertad, sin derechos, sin luz, sin comida, sin seguridad, sin medicamentos”.
A pesar de todo, existen destellos de solidaridad. Vecinos que limpian escombros, maestros que buscan alternativas creativas para educar y organizaciones comunitarias que protegen a los niños.
Sin embargo, la pregunta sigue siendo inevitable: ¿por qué un país permite que su infancia crezca entre la ruina, el miedo y la desesperanza? Cuba se derrumba, pero los niños siguen avanzando, demostrando una resiliencia que no debería ser necesaria. La esperanza, aunque presente, surge entre escombros que deberían haber sido memoria y no presente cotidiano.
Del perfil de José Luis Tan y Saúl Manuel
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