Lo que comenzó como una fuga inusual en el zoológico de Caibarién terminó convirtiéndose en un reflejo crudo de la crisis que atraviesa Cuba. Un cocodrilo que escapó de su recinto no fue devuelto a su hábitat ni rescatado por las autoridades: fue capturado por particulares y sacrificado para consumo antes de que pudiera organizarse una respuesta oficial.
La noticia circuló rápidamente entre vecinos y en redes sociales, mezclando asombro y comentarios irónicos. Pero detrás del episodio hay una realidad más profunda: en un país marcado por la escasez de alimentos, muchas personas recurren a cualquier recurso disponible para subsistir.
El hecho no solo pone en evidencia fallas en la seguridad del zoológico, sino también la dimensión social de la crisis. La falta de proteínas, el alto costo de los productos básicos y la inflación han llevado a que alternativas impensables hace algunos años hoy sean vistas por algunos como una oportunidad de alimentación. En ese contexto, un animal exótico deja de ser patrimonio natural y pasa a ser carne.
Especialistas han advertido durante años sobre la vulnerabilidad del cocodrilo cubano (Crocodylus rhombifer), una especie endémica cuya población más pura se concentra en la Ciénaga de Zapata. Programas de reproducción en cautiverio y educación ambiental han buscado preservar su integridad genética frente a amenazas como la caza furtiva y la hibridación con otras especies.
Sin embargo, la conservación enfrenta un obstáculo difícil de sortear cuando choca con la necesidad inmediata. En escenarios de precariedad prolongada, el discurso ambiental pierde fuerza frente al instinto de supervivencia. Para una familia que no tiene acceso regular a carne, la captura de un reptil puede representar varias comidas.
El caso de Caibarién también expone el crecimiento del consumo informal de carne de fauna silvestre en distintas regiones del país. Aunque la legislación cubana protege a estas especies y penaliza su caza, la aplicación efectiva de la ley se vuelve más compleja en medio de limitaciones materiales y tensiones sociales.
A ello se suma la percepción de impunidad y la erosión de valores vinculados al respeto por el entorno natural. Cuando la prioridad cotidiana es conseguir alimentos, la protección de la biodiversidad pasa a un segundo plano. No se trata únicamente de desconocimiento ambiental, sino de una cadena de carencias que condiciona decisiones individuales.
La fuga del animal también representaba un riesgo para la seguridad pública. Un cocodrilo fuera de control en una zona poblada puede causar daños graves. No obstante, el desenlace evidencia que la reacción fue impulsada más por la urgencia alimentaria que por un plan de contención organizado.
Más allá de la pérdida de un ejemplar, el episodio invita a reflexionar sobre el deterioro de las condiciones de vida en la isla. Cuando un animal de zoológico termina fraccionado antes de que intervengan las autoridades, queda al descubierto una realidad incómoda: la crisis económica no solo afecta los bolsillos, sino también la relación de la sociedad con su patrimonio natural.
Fuente: Periódico Girón
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