El empresario Hugo Cancio, quien durante años mantuvo una relación cordial y consolidada con la dictadura cubana, ha vuelto a irrumpir en el debate público con un llamado a la “conciliación nacional”. En un reciente texto, reconoce que la Revolución fue “una promesa de justicia que en el camino generó una estructura de poder que terminó produciendo exclusión, silencios forzados y fracturas profundas”. La frase, contundente en apariencia, marca un contraste llamativo con su historial de cercanía y defensa del régimen.
Cancio admite que el sistema derivó en exclusión y silencios forzados. Es una descripción que durante décadas fue denunciada por opositores, periodistas independientes y activistas, muchos de los cuales pagaron con cárcel, exilio o marginación social. Sin embargo, cuando esas voces alertaban sobre la concentración de poder y la represión, no contaban precisamente con el respaldo de figuras como él.
En su reflexión, el empresario alerta sobre el “odio” y el “linchamiento moral”, y advierte del peligro de sustituir una lógica de poder por otra de castigo colectivo. Cita los ejemplos de Alemania tras la caída del Muro, Sudáfrica después del apartheid y la transición española, defendiendo la necesidad de integrar antes que humillar. Pero en el caso cubano, la comparación tropieza con un hecho esencial: en ninguno de esos procesos la reconciliación fue planteada desde una estructura de poder que aún permanece intacta.
El llamado de Cancio se produce sin que haya una transición en marcha, sin reconocimiento oficial de responsabilidades ni garantías de libertades plenas. Hablar de “no repetirnos” mientras el aparato político que generó las fracturas continúa operando sin cambios sustanciales plantea interrogantes legítimos. ¿Es un ejercicio sincero de autocrítica o un intento de reubicación ante un escenario incierto?
El propio Cancio reconoce que existe una “generación que hoy carga con responsabilidades históricas que no siempre se examinan con matices”. Sin embargo, su texto evita profundizar en responsabilidades concretas y diluye la discusión en términos generales sobre el resentimiento y la polarización emocional. Equipara dolores “en ambas orillas”, una afirmación que, si bien puede invitar a la empatía, corre el riesgo de relativizar la asimetría entre quienes ejercieron el poder y quienes lo padecieron.
No es menor el hecho de que quien hoy llama a un “pacto moral” fue durante años un interlocutor privilegiado del poder en La Habana. Su cambio de tono refleja, cuando menos, que algo se mueve en las élites vinculadas al sistema. El reconocimiento de que la Revolución derivó en exclusión supone una admisión implícita de fallas estructurales que antes eran negadas o minimizadas.
Sin embargo, la reconciliación no puede construirse solo desde declaraciones abstractas. Requiere verdad verificable, reconocimiento explícito de responsabilidades y garantías de no repetición. En Sudáfrica hubo una Comisión de la Verdad; en Alemania se abrieron archivos; en España, con todas sus imperfecciones, hubo reformas institucionales profundas. En Cuba, nada de eso ha ocurrido.
La conciliación que propone Cancio podría interpretarse como un gesto de madurez o como una estrategia preventiva ante el desgaste del modelo. La diferencia la marcarán los hechos. Si el llamado se traduce en respaldo a cambios reales —pluralismo político, libertad de expresión, independencia judicial— podría contribuir a un diálogo nacional necesario. Si queda en el terreno retórico, será percibido como un intento de administrar el descontento sin transformar las causas que lo generan.
Cuba necesita reconciliación, sí. Pero también necesita memoria, justicia y garantías de derechos. Sin esos pilares, cualquier pacto corre el riesgo de convertirse en una nueva capa de silencio. Y los silencios, como el propio Cancio admite ahora, ya han fracturado demasiado al país.
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