Contradictorio, extraño, peculiar. Muchos adjetivos podrían caracterizar lo que el pueblo cubano realizó recordando la partida de Fidel Castro. En medio de la peor crisis vivida en la Isla, muchos cubanos de a pie, esos mismos que no tienen ni para comer y que pasan horas interminables sin luz, se volcaron a las calles con un entusiasmo "peculiar" en una paradoja indescriptible.
Nos dice el periodista Alberto Arego que mientras algunos festejan el noveno aniversario de la muerte del “invencible” Fidel Castro Ruz, otros no pueden evitar erizarse ante tanta demostración de devoción. Sí, porque aparentemente, celebrar a quien dejó un país a medias entre la historia y la desesperanza es motivo de júbilo.
Hay quienes no ocultan su fascinación por la miseria: cuanto peor, mejor. Algunos comentarios lo dejan clarísimo: “Les encanta la miseria, por eso cantan”. Parece que el arte de festejar la escasez se ha convertido en deporte nacional. Y no solo eso, los “cantores oficiales” también reciben su dosis de sarcasmo: uno sugiere que suelte la guitarra, se tome un poco de miel con limón para aclarar la voz y luego… ¡a trabajar! Porque claro, cantar mientras se glorifica al régimen es un trabajo muy, pero muy exigente.
El sentido de la historia parece ser opcional. Algunos recordaron pueblos fantasmas, olvidados por todos, donde ni antes ni después pasó nada memorable, y aun así, las multitudes cantan a los muertos. Según ellos, estas ceremonias inspiran un sentimiento de pena y… bueno, asombro ante tanta incoherencia. Otros directamente hacen un llamado urgente: “S.O.S. Cuba, abajo la dictadura”. Mientras tanto, los fieles siguen celebrando, ajenos a las críticas, demostrando que la devoción puede sobrevivir a cualquier lógica.
Y si hablamos de salud, hay quienes no pueden evitar notar que algunos asistentes lucen efectos del chikungunya, lo que añade un toque de ironía biológica a la escena. Todo parece mezclarse: política, enfermedad, nostalgia y un extraño placer por el desastre ajeno.
Al final, lo que vemos no es solo una celebración, sino una especie de espectáculo donde la resignación se mezcla con la adoración, y el sarcasmo se convierte en la única forma de mantener la cordura.
Mientras unos lloran y se preguntan cómo se puede venerar lo que destruyó vidas, otros celebran como si el mundo entero estuviera observando su “felicidad revolucionaria”. La moraleja es clara: en Cuba, incluso la miseria se festeja con alegría… y si alguien se atreve a cuestionarlo, pues siempre queda el sarcasmo como refugio.
Fuente: Alberto Arego
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