El primer ministro cubano Manuel Marrero ha exhortado a los ciudadanos a “enfrentar las noticias falsas que se generan a diario”. Una declaración que, en principio, podría interpretarse como un llamado a la responsabilidad informativa.
Sin embargo, el contexto revela una paradoja: mientras Marrero alerta sobre la desinformación, los propios medios estatales como Granma y Cubadebate parecen vivir en una Cuba paralela, distorsionando la realidad cotidiana de millones de ciudadanos.
En la práctica, la advertencia del primer ministro adquiere un tono irónico. Granma y Cubadebate, principales voceros del gobierno, publican diariamente noticias que omiten la crisis económica, los problemas de suministro de alimentos y medicinas, las largas colas en hospitales y farmacias, o la creciente precariedad de los servicios básicos.
Mientras Marrero cantinflea sobre “noticias falsas”, en las portadas oficiales predominan titulares que retratan un país idealizado, alejado de la experiencia real de la población.
Esta desconexión genera un efecto doble: por un lado, la ciudadanía se enfrenta a la dificultad de identificar información confiable; por otro, se profundiza la desconfianza hacia los medios que deberían informar de manera objetiva.
La realidad de Cuba —con apagones frecuentes, escasez de medicamentos, salarios insuficientes y carencias estructurales— choca con la narrativa oficial, creando una brecha enorme entre lo que se vive y lo que se lee.
Frente a esta situación, el llamado de Marrero a combatir las “fake news” puede interpretarse más como un intento de controlar la percepción pública que como una invitación genuina a la transparencia. La ciudadanía, lejos de sentirse protegida de la desinformación, aprende a buscar fuentes independientes, testimonios directos y reportes de redes sociales para conocer la verdad de su entorno.
En última instancia, la exhortación del primer ministro refleja un fenómeno común en sociedades con fuerte control mediático: la confusión entre propaganda y noticias falsas. La verdadera lucha contra la desinformación debería comenzar dentro de los propios medios estatales, garantizando un flujo veraz y completo de información.
Hasta entonces, las palabras de Marrero son un recordatorio irónico de que, en Cuba, combatir la mentira no puede ser un discurso vacío cuando la verdad oficial misma es cuestionable.
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