La 64 Serie Nacional de Béisbol vivió este miércoles uno de esos capítulos que no engrandecen al juego, aunque vengan envueltos en dramatismo. Lo ocurrido en el duelo entre Leopardos de Villa Clara y Toros de Camagüey quedará registrado no como una remontada memorable, sino como una señal de alarma sobre el estado competitivo y organizativo del principal torneo beisbolero del país.
Villa Clara pasó de la eliminación virtual a una resurrección impensable en el noveno inning, fabricando seis carreras para revertir un marcador adverso de 7×2 y dejar en el terreno a Camagüey. El marcador final (8×7) dice poco del trasfondo real del partido.
Antes del desenlace, es justo destacar la labor del joven lanzador camagüeyano Abel Bejarano. Con apenas 21 años, caminó ocho innings permitiendo solo dos carreras, aunque con un alto costo de ocho bases por bolas. Aun así, estaba en posición de firmar lo que hubiera sido su primera victoria en Series Nacionales, mérito nada menor en un contexto tan exigente.
Pero el noveno capítulo transformó el juego en una escena difícil de defender desde cualquier lógica deportiva. La dirección de Camagüey, sin opciones competitivas reales y ya eliminada, optó por una cadena de decisiones que terminaron por desnaturalizar el espectáculo: tres jugadores de posición lanzando en un mismo inning —Lisván Fajardo (RF), Yan Rey Pomares (1B) y Osniel Expósito (C)—, ninguno probado antes oficialmente como pitcher en la serie.
El resultado fue caótico: tres incogibles, cuatro bases por bolas, dos pelotazos, un error defensivo y seis carreras para Villa Clara. No fue una ofensiva construida desde la excelencia, sino un rally alimentado por la improvisación, el descontrol y la renuncia tácita a competir con dignidad.
Aquí emerge el concepto de “herejía” deportiva. No por la victoria de los Leopardos —que jugaron, insistieron y aprovecharon lo que el juego les ofreció— sino por el daño colateral: se le arrebató a Bejarano una victoria legítima y se expuso al torneo a una imagen de descrédito innecesario.
Este episodio no puede analizarse de forma aislada. Llega en un contexto donde Villa Clara ha tenido que disputar hasta nueve juegos pendientes tras el cierre del calendario regular para buscar su clasificación, enfrentando rivales ya clasificados o eliminados, sin presión competitiva y con alineaciones parchadas. Un escenario profundamente desigual que también ha afectado a equipos como Pinar del Río, obligados a competir toda la temporada bajo reglas distintas.
Lo sucedido en Camagüey fue el síntoma más visible de una grieta peligrosa en la credibilidad de la Serie Nacional. Cuando la épica nace del desorden y no del talento, el problema no está en el terreno, sino en la estructura que lo permite.
El béisbol cubano merece finales vibrantes, no desenlaces tristes. Merece justicia competitiva, no parches de último momento. Lo ocurrido este miércoles debe servir como advertencia: normalizar estas “herejías” es aceptar que el torneo pierda lo más valioso que tiene, su credibilidad.
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