La historiadora y ensayista cubana Alina Bárbara López Hernández ha vuelto a colocar en el centro del debate público el concepto de libertad y su relación con la diversidad política y religiosa en Cuba. En una reflexión reciente, defendió que cualquier proyecto de país debe partir del respeto absoluto a la capacidad individual de elección.
“La idea de libertad implica ante todo la capacidad de los seres humanos para elegir. En Cuba fueron impuestos una ideología de Estado, un partido único y una concepción inmovilista de la historia, en la cual todo está determinado por fuerzas no inherentes a la voluntad de las personas.”
A su juicio, ese modelo ha limitado la voluntad ciudadana al presentar los procesos históricos como determinados por fuerzas ajenas a las decisiones personales.
Para López Hernández, el anhelo de transformación social exige coherencia ética. “En el proceso de transformación que va a llevarnos a una sociedad diferente, debemos ser coherentes y no incurrir jamás en acciones supremacistas de ningún tipo”, advierte. Su llamado apunta a evitar que, en nombre del cambio, se reproduzcan esquemas de exclusión similares a los ya existentes.
La intelectual también aborda el auge de expresiones religiosas en contextos de crisis. “Ante las crisis sociales, la pobreza, y la falta de esperanzas, es común la rápida proliferación de ideas religiosas; ellas confortan, ayudan a armonizar la existencia”, explica. Reconoce que todas las religiones comparten un elemento esencial: “la fe; un acto profundamente subjetivo y espiritual”.
Sin embargo, alerta contra cualquier intento de imponer uniformidad en ese terreno. “Como mismo una ideología política única funciona cual dispositivo de dominación (…) pretender que todos asumamos una ideología religiosa única (…) es asumir un nuevo dispositivo de dominación”, sostiene. Desde su perspectiva, si la fe pertenece al ámbito íntimo, “es en vano intentar crear una fe común”.
López Hernández recuerda que Cuba es fruto de múltiples raíces culturales y étnicas. “No hay culturas, ni ideas religiosas, malas o buenas; simplemente son diferentes. Por ende, toda creencia es digna de respeto; como también lo es la ausencia de creencias religiosas”, enfatiza, defendiendo así la libertad de cultos y el laicismo como pilares democráticos.
En su análisis, advierte además sobre la incoherencia de ciertos discursos: “Cuando se transmite un mensaje político de libertad, pero envuelto en un propósito proselitista y discriminatorio, no se está defendiendo la noción última de la libertad”. Y concluye con una reflexión ética: “No se debe tener a Dios en los labios y la soberbia en el corazón. No es posible que la Cuba que tanto deseamos sea supremacista en ningún ámbito”.
Su planteamiento, centrado en la pluralidad y el respeto, propone una visión de país donde elegir —creer o no creer— sea un derecho inviolable.
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