La Habana atraviesa una de sus etapas más difíciles. Los apagones, el éxodo migratorio, la escasez y el deterioro de la infraestructura han cambiado el rostro de una ciudad que durante décadas fue símbolo de música, movimiento y actividad nocturna.
El Malecón, uno de los lugares más concurridos de la capital, luce ahora con mucho menos tráfico. En La Habana Vieja, las calles quedan prácticamente desiertas cuando cae la noche y la falta de electricidad sumerge en oscuridad numerosas zonas del centro histórico.
La crisis energética también ha transformado la vida cotidiana. Los habitantes soportan largas horas sin corriente y dependen de generadores, teléfonos con poca carga y cualquier alternativa disponible para iluminarse o conservar alimentos. El paisaje sonoro de la ciudad también cambió: donde antes predominaban la música y el bullicio, ahora se escuchan motores de plantas eléctricas y aparatos que funcionan de manera intermitente.
La escasez ha llevado a algunas personas a buscar comida y objetos reutilizables entre los desperdicios. Manuel Sánchez, un hombre de 50 años que padece cáncer bucal y vive en condiciones de extrema precariedad, contó a la AFP que recurre a la basura para sobrevivir.
A la crisis económica se suma una creciente sensación de inseguridad. Muchos residentes evitan caminar por La Habana Vieja durante la noche, mientras los apagones dejan calles y espacios públicos en condiciones especialmente vulnerables.
Las pocas aglomeraciones visibles se concentran durante el día en bancos, panaderías estatales y consulados. Frente a estos últimos, numerosos cubanos hacen filas con documentos en mano en busca de alternativas para abandonar la isla.
El éxodo ha tenido un fuerte impacto demográfico. El demógrafo cubano Juan Carlos Albizu-Campos estima que la población de Cuba podría haber descendido hasta unos ocho millones de habitantes, una reducción drástica frente a los más de 11 millones registrados oficialmente en 2012.
La crisis también golpea al turismo, una de las principales fuentes de ingresos del país. La Habana Vieja, que alguna vez recibió grandes cantidades de visitantes, muestra numerosos negocios cerrados. El emblemático Floridita permanece detrás de persianas metálicas y el histórico Sloppy Joe’s tampoco opera con normalidad.
El deterioro amenaza además parte del patrimonio restaurado durante décadas. Algunos edificios presentan daños visibles y fragmentos de estructuras antiguas han llegado a desprenderse en las calles.
En medio de este panorama, la incertidumbre se ha convertido en parte de la vida diaria. Irina Aguirre, una tarotista que durante años atendió a turistas en La Habana Vieja, asegura que ahora los cubanos acuden a ella con preguntas muy distintas: cuándo terminará la crisis, si mejorará la situación económica y qué ocurrirá con el país.
Las cartas, sin embargo, tampoco ofrecen respuestas claras. Para muchos habaneros, el futuro sigue siendo tan incierto como las calles de la ciudad cuando llega la noche y vuelve a apagarse la luz.
(Con información de Swissinfo)
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