La política de la Administración de Donald Trump hacia Cuba atraviesa una etapa de fuerte presión, pero también de cautela. Aunque funcionarios estadounidenses han evitado descartar una eventual acción militar, los reportes sobre las deliberaciones dentro de Washington apuntan a que, por ahora, la Casa Blanca estaría privilegiando las sanciones y el aislamiento económico. El problema central es qué ocurriría después de una eventual caída del Gobierno cubano.
La opción militar contra Cuba no estaría descartada, pero quizás ha perdido prioridad frente a una estrategia de presión económica y política. Según un reporte de Bloomberg citado por Periódico Cubano, el principal temor de Washington no sería derrotar a las fuerzas cubanas, sino enfrentar el vacío de poder que podría surgir después: una crisis de gobernabilidad, violencia interna y una nueva oleada migratoria a solo 90 millas de las costas estadounidenses.
Una intervención podría eliminar rápidamente a la cúpula gobernante, pero no garantizaría la existencia inmediata de una autoridad capaz de controlar el territorio, mantener los servicios básicos y evitar enfrentamientos entre las distintas estructuras de poder.
Ese escenario preocupa especialmente por la cercanía geográfica. Cuba se encuentra a unos 145 kilómetros de Florida, por lo que un colapso institucional podría tener consecuencias directas para Estados Unidos, particularmente en materia migratoria y de seguridad.
La estrategia que estaría tomando fuerza consiste en aumentar la presión sobre los sectores económicos vinculados al aparato estatal y militar, buscando reducir los recursos disponibles para la dirigencia y estimular divisiones dentro de la élite.
Las medidas contra el sector energético ya han tenido consecuencias importantes. Reuters informó en junio que Washington sancionó a la empresa estatal cubana CUPET, una decisión que agravó las dificultades para importar combustible y contribuyó al deterioro de la generación eléctrica.
Al mismo tiempo, Estados Unidos ha combinado la presión con asistencia humanitaria. En julio, Washington envió a Cuba su primer vuelo de ayuda dentro de un paquete de 100 millones de dólares destinado a la población y distribuido mediante organizaciones humanitarias, evitando al Gobierno cubano como intermediario.
Marco Rubio también ha señalado públicamente que Cuba enfrenta una situación económica extremadamente grave y que Washington estaría dispuesto a escuchar propuestas de cambios provenientes de sectores cubanos. En febrero afirmó que el statu quo era insostenible y que la isla necesitaba cambiar.
A pesar de esto, la posibilidad de una confrontación militar continúa formando parte de la retórica estadounidense. El secretario de Defensa Pete Hegseth ha elevado las advertencias contra La Habana, especialmente ante cualquier adquisición de armamento que pueda amenazar territorio estadounidense o la base de Guantánamo.
Por ahora, el dilema de Washington parece ser cómo presionar para provocar cambios sin desencadenar un colapso que termine generando un problema todavía mayor. Mientras, el cubano de a pie sigue sufriendo en carne propia los avatares de unos y otros.
Fuente: Bloomberg
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