En la Cuba actual, la desigualdad no necesita estadísticas para ser comprendida... ¡basta con observar los cuerpos de muchos dirigentes! Mientras la mayoría del pueblo sobrevive con la libreta racionada, apagones interminables y la angustia diaria de no saber qué poner en la mesa, existe una élite estatal que exhibe sin pudor el verdadero menú del privilegio.
Funcionarios del MININT, la PNR y directivos de sectores como Comercio y Gastronomía caminan con el abdomen rebosante, como si cada centímetro de grasa fuera un medallón ganado a costa del sacrificio ajeno.
La población famélica por obligación; ellos redondos por abundancia. Esa es la nueva estética del poder.
Mientras el cubano común se las ingenia para estirar un paquete de arroz o sobrevivir con un huevo cada tres días, los cuadros del sistema degustan banquetes que jamás aparecerían en las libretas. No conocen el hambre, el calor de una casa sin corriente, ni la desesperación de una madre que pide "fiao" para poder darle un plato de comida a su hijo.
Ellos viven en un mundo paralelo: aire acondicionado, refrigeradores llenos, mesas servidas y la convicción de que tienen derecho a más, mientras el resto solo tiene derecho a resistir.
La paradoja es grotesca: aquellos que se autoproclaman defensores del pueblo son los primeros que le dan la espalda. Se alimentan del discurso de sacrificio, pero jamás se sacrifican. Hablan de igualdad, pero sus cuerpos cuentan otra historia. Cuerpos nutridos con recursos que nunca llegan a los barrios, con privilegios que jamás se reparten y con el cinismo suficiente para repetir que “todo es por la Revolución”.
La gente en la calle lo sabe, lo comenta, lo sufre. Cada apagón revela la mentira del discurso oficial; cada barriga prominente confirma dónde realmente se queda la riqueza del país. La imagen es tan evidente que ya nadie puede negarla: los poderosos engordan mientras el país se vacía, física y espiritualmente.
La Cuba que ellos muestran en discursos no existe. La real es la que se ve en los parques oscuros, en las colas interminables, en los niños que crecen sin nutrientes y en los adultos que caminan con la cintura pegada al hueso. Y también en esos funcionarios que viven como reyes en una nación empobrecida.
El hambre del pueblo es el precio de su abundancia. Y ese contraste, por sí solo, es una denuncia que duele más que cualquier palabra.
Fuente: La Tijera
Infames condiciones en sala de Pediatría del Hospital Provincial de Ciego de Ávila(video)
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