La reciente polémica generada por una declaración de la periodista oficialista Arleen Rodríguez ha vuelto a poner en evidencia el papel que desempeñan muchos comunicadores del régimen cubano como escudos políticos de un sistema en crisis. Rodríguez afirmó que José Martí “no conoció la electricidad”, en una frase que fue interpretada como una burda analogía para sugerir que los cubanos de hoy deberían “adaptarse” a vivir sin luz, en medio de los prolongados y cada vez más severos apagones que golpean al país.
Lejos de reconocer el error y asumir con responsabilidad el impacto de sus palabras, la maquinaria propagandística se activó. Uno de los primeros en salir en su defensa fue el también periodista oficialista Abdiel Bermúdez, quien publicó un extenso mensaje en redes sociales para justificar a su colega y minimizar la gravedad de lo ocurrido.
Bermúdez admite que Rodríguez “se equivocó”, pero rápidamente convierte el debate en una supuesta cacería de brujas, apelando a la amistad, la lealtad personal y una narrativa de victimización. En su texto, no solo intenta lavar la imagen de Rodríguez, sino que la presenta como una periodista comprometida con “la verdad” y con la “sensibilidad más genuina” del pueblo cubano, una descripción que contrasta con la percepción de amplios sectores de la población, cansados de ver cómo los medios oficiales justifican el deterioro de sus condiciones de vida.
El problema no es solo una frase desafortunada. El verdadero trasfondo es el intento sistemático de normalizar el colapso de los servicios básicos. Comparar la Cuba del siglo XXI con la época de Martí para relativizar los apagones es una forma de manipulación histórica y una falta de respeto a millones de cubanos que sufren cortes eléctricos de más de 20 horas diarias, con consecuencias directas en la alimentación, la salud, el trabajo y la vida cotidiana.
La defensa de Bermúdez también deja al descubierto otro patrón: el corporativismo dentro del aparato mediático oficial. Cuando uno de los suyos comete un error grave, no se promueve un debate honesto ni una autocrítica real, sino un cierre de filas para proteger reputaciones y, sobre todo, para blindar al poder político que esos periodistas representan. En lugar de exigir explicaciones a las autoridades por el colapso energético, se ataca a quienes critican y se intenta desviar la atención hacia supuestos “odios” o “asesinatos de reputación”.
Este episodio refleja la degradación del periodismo estatal en Cuba, que ha dejado de ser un canal para defender los intereses del pueblo y se ha convertido, en muchos casos, en un instrumento para justificar lo injustificable. Mientras millones de cubanos enfrentan una pobreza creciente, inflación, escasez y apagones constantes, estos comunicadores optan por maquillar la realidad y proteger a una cúpula gobernante que ha demostrado ser incapaz de resolver los problemas estructurales del país.
Más que citar a Martí de forma conveniente, lo que Cuba necesita es un periodismo que honre su legado con verdad, valentía y compromiso con los ciudadanos, no con una élite política. Defender a colegas por lealtad personal mientras se ignora el sufrimiento de la población no es ética periodística: es propaganda. Y episodios como este confirman por qué la credibilidad de los medios oficiales continúa en caída libre, al mismo ritmo que la calidad de vida de los cubanos.
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