La imagen del almuerzo que reciben médicos en el hospital de Morón, Ciego de Ávila no es un hecho aislado ni una exageración puntual: es el reflejo de una realidad que se repite en numerosos centros de salud a lo largo del país. Raciones mínimas, comidas pobres en proteínas, falta de variedad y, en muchos casos, simples porciones que apenas alcanzan para engañar el hambre. Sin embargo, sobre esos mismos hombros recae la responsabilidad de sostener un sistema sanitario que el discurso oficial sigue presentando como “potencia médica”.
Resulta difícil entender cómo se pretende mantener altos estándares de atención cuando quienes trabajan turnos de 12 y hasta 24 horas lo hacen con el estómago vacío. El agotamiento físico, la desnutrición y el estrés continuo no solo afectan la salud del personal, sino también la calidad del servicio que pueden ofrecer. No se trata de falta de vocación, porque la mayoría de los médicos y enfermeros siguen dando lo mejor de sí; se trata de límites humanos que ningún discurso puede ocultar.
En distintas provincias se repiten denuncias similares: hospitales donde el almuerzo es un arroz sin acompañamiento, guardias médicas sostenidas con pan y café, y profesionales que dependen de lo que familiares puedan llevarles para no trabajar en ayunas. Mientras tanto, se mantienen campañas propagandísticas que exhiben logros pasados, misiones internacionalistas y estadísticas que poco dicen sobre la realidad actual dentro de los hospitales.
La contradicción es evidente. Se habla de excelencia médica, pero no se garantizan condiciones mínimas para quienes sostienen el sistema. Se exige sacrificio constante, pero no se ofrece ni siquiera una alimentación digna durante largas jornadas laborales. Así, la palabra “potencia” pierde todo sentido cuando la base del sistema —sus trabajadores— está físicamente debilitada y emocionalmente desgastada.
Además, esta situación no ocurre en silencio. Las redes sociales se han convertido en un espacio donde familiares, pacientes y el propio personal de salud comparten imágenes y testimonios que desmienten la narrativa oficial. Cada publicación suma a una percepción generalizada: el sistema sobrevive más por el compromiso individual que por el apoyo real del Estado. Y ese compromiso, por admirable que sea, no puede sustituir políticas serias ni recursos básicos.
La pregunta que muchos se hacen es inevitable: ¿qué tipo de “potencia médica” puede existir cuando quienes salvan vidas no tienen garantizado ni un plato decente de comida? Ninguna infraestructura, ningún slogan y ninguna campaña internacional puede compensar el hecho de que médicos trabajen con hambre. Sin condiciones dignas, no hay sistema que resista a largo plazo.
Al final, estas imágenes no solo denuncian una carencia material, sino una falta de prioridades. Mientras se invierte en propaganda, se descuida lo esencial. Y cuando lo esencial falla, no hay relato heroico que logre tapar una verdad tan simple como dura: con estómagos vacíos, no se puede sostener un país sano.
Del perfil de La Tijera
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