En medio de la crisis sostenida del transporte en Cuba, el triciclo eléctrico ha pasado de ser una curiosidad urbana a convertirse en una pieza clave para la movilidad diaria de miles de ciudadanos. Lo que comenzó como una alternativa modesta frente a la escasez de ómnibus y combustible, hoy se consolida como uno de los medios más demandados —y cada vez más costosos— en el mercado informal.
Según analiza Mario Vallejo, el fenómeno responde a una lógica económica predecible: cuando el transporte público falla de manera sistemática, cualquier opción que garantice desplazamiento estable adquiere valor inmediato. El triciclo eléctrico ofrece trayectos cortos, costos operativos relativamente bajos en comparación con vehículos de combustión y, además, la posibilidad de generar ingresos como servicio privado de pasajeros o carga ligera.
Esa combinación ha provocado un aumento sostenido de precios. La demanda supera con creces la oferta disponible, mientras que la importación de piezas, baterías y repuestos enfrenta limitaciones. A ello se suma un circuito de reventa donde estos vehículos se cotizan no solo como medio de transporte personal, sino como herramienta de trabajo en un entorno económico cada vez más restrictivo.
El deterioro de la infraestructura vial y la escasez de mantenimiento también inciden en el encarecimiento. Incluso unidades usadas, con desgaste visible o reparaciones improvisadas, alcanzan cifras elevadas en el mercado informal. En muchos casos, el triciclo ya no se percibe como una opción económica, sino como una inversión estratégica para garantizar movilidad o sustento familiar.
Más allá de su funcionalidad práctica, el triciclo eléctrico se ha convertido en un indicador del momento económico. Su precio refleja el estado crítico del transporte público y la progresiva dolarización de facto que afecta múltiples sectores. Cuando desplazarse diariamente deja de ser un derecho accesible y se transforma en un desafío logístico, incluso el llamado “vehículo barato” pierde esa condición.
En un país donde la movilidad depende cada vez más de soluciones individuales, el triciclo eléctrico simboliza tanto resiliencia ciudadana como síntoma de una crisis estructural aún sin solución visible.
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