Durante años ha circulado la idea de que la diferencia entre la postura activa de Estados Unidos frente a Venezuela y su aparente inmovilismo ante Cuba se explica por una razón simple: Caracas tiene petróleo y La Habana no tiene nada que ofrecer. Sin embargo, un análisis más riguroso muestra que esta tesis es, como mínimo, incompleta. Cuba sí posee recursos naturales estratégicos y, además, una relevancia geográfica y geopolítica que históricamente ha sido crucial para Washington.
Contrario a la narrativa de la “isla sin recursos”, Cuba cuenta con importantes reservas de minerales críticos. Destacan especialmente el níquel y el cobalto, dos insumos esenciales para la industria moderna. La isla se encuentra entre los mayores productores de níquel del mundo y aporta alrededor del 10 % del cobalto global. Se estima que Cuba concentra cerca del 7 % de las reservas mundiales de cobalto y alrededor del 6 % de las de níquel, con yacimientos localizados principalmente en la provincia de Holguín.
Estos minerales son estratégicos para Estados Unidos: el níquel es clave para la producción de acero inoxidable y aleaciones especiales, mientras que el cobalto es fundamental para baterías de vehículos eléctricos, aeronáutica y tecnología militar. En un contexto de competencia global por minerales críticos —especialmente frente a China—, una Cuba abierta al capital y la tecnología occidentales podría convertirse en un proveedor relevante para la industria estadounidense.
A ello se suma el potencial petrolero en la zona económica exclusiva de Cuba en el Golfo de México. Aunque hoy la isla no es un exportador de crudo, existen estimaciones significativas sobre reservas offshore. El propio gobierno cubano llegó a hablar de hasta 20.000 millones de barriles recuperables, mientras que cálculos más conservadores del Servicio Geológico de Estados Unidos sitúan la cifra en torno a 4.600 millones de barriles técnicamente recuperables, además de gas natural.
La realidad actual es que Cuba produce poco —entre 30.000 y 60.000 barriles diarios en distintos períodos— y depende de importaciones para cubrir un consumo cercano a los 165.000 barriles diarios. La falta de tecnología, inversión y acceso a financiamiento, agravada por el sistema de sanciones, ha impedido explotar ese potencial. Aun así, la proximidad de posibles yacimientos frente a las costas estadounidenses convierte el tema energético cubano en un asunto de interés directo para Washington, tanto por oportunidades como por riesgos ambientales.
Además de níquel, cobalto y petróleo, Cuba posee cromo, cobre, hierro, manganeso y oro, así como un potencial agrícola y turístico considerable. En conjunto, estos factores desmienten la idea de que la isla “no tiene nada que ofrecer”.
Incluso si Cuba careciera de minerales o hidrocarburos, su importancia para Estados Unidos seguiría siendo alta. La isla se encuentra a apenas 150 kilómetros de Florida y controla accesos clave al Golfo de México y a importantes rutas marítimas del Caribe. Desde el siglo XIX, su ubicación la ha convertido en una pieza central de la seguridad hemisférica estadounidense.
La Crisis de los Misiles de 1962 demostró hasta qué punto un gobierno hostil en La Habana podía representar una amenaza existencial. Hoy, aunque el contexto es distinto, la preocupación persiste. La estrecha relación de Cuba con potencias rivales de Estados Unidos, como Rusia y China, mantiene encendidas las alertas estratégicas. La posibilidad de instalaciones de espionaje electrónico chino o ruso en la isla, a pocas millas del territorio continental estadounidense, es vista en Washington como una amenaza directa a la seguridad nacional.
Un eventual cambio político en Cuba que la alejara de esos alineamientos no solo tendría implicaciones económicas, sino que eliminaría un punto de apoyo de potencias extrahemisféricas en el Caribe, reforzando la posición estratégica de Estados Unidos en su entorno inmediato.
El régimen comunista cubano ha tenido efectos tangibles en Estados Unidos durante más de 60 años. En la Guerra Fría, obligó a Washington a destinar recursos militares, diplomáticos y de inteligencia para contener la influencia soviética en el hemisferio. El embargo impuesto en 1962, el más largo de la historia estadounidense, ha condicionado durante décadas la relación bilateral y el debate político interno.
A ello se suma el impacto migratorio. Millones de cubanos han emigrado a Estados Unidos huyendo de la represión y la precariedad económica, conformando una diáspora influyente, especialmente en Florida. Estas oleadas migratorias han enriquecido la vida económica y cultural del país, pero también han generado retos políticos y humanitarios recurrentes.
La respuesta es sí, aunque no de la misma manera que Venezuela. Cuba no es un gigante petrolero, pero sí posee minerales críticos, potencial energético, una ubicación geoestratégica excepcional y un peso histórico que la convierten en un país relevante para los intereses estadounidenses. La diferencia no radica en la ausencia de recursos, sino en la combinación de factores políticos, estratégicos y económicos que han definido la relación bilateral.
Lejos de ser irrelevante, Cuba sigue siendo una pieza clave en el tablero regional. Pensar lo contrario es confundir la falta de explotación de sus recursos con la inexistencia de estos, y subestimar el valor estratégico de una isla situada a solo 90 millas de Estados Unidos.
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