El 15 de enero, los cuerpos de los 32 militares cubanos que murieron el 3 de enero en Venezuela fueron recibidos en La Habana con una ceremonia oficial que dejó más preguntas que respuestas. Mientras el dolor real de las familias y el pueblo cubano quedaba opacado por un montaje cuidadosamente orquestado, el régimen no ofreció explicaciones sobre lo que realmente hacían esos soldados en un conflicto ajeno al país.
Un avión de Cubana de Aviación aterrizó a primeras horas de la mañana en el Aeropuerto Internacional José Martí, con los féretros de los fallecidos. Según la versión oficial, los soldados murieron “en el cumplimiento del deber”, una frase vaga y repetida por el gobierno cada vez que se trata de justificar decisiones políticas. La ceremonia, presidida por altos mandos militares dentro de los que se encontraban Miguel Díaz-Canel, José Ramón Machado Ventura y la presencia que no pasó desapercibida de Raúl Castro, jutno a dirigentes del Partido Comunista y funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores, se desarrolló con mucha solemnidad y simbolismo: banderas, uniformes y discursos, pero ninguna respuesta clara para las familias ni para la ciudadanía sobre las circunstancias que rodearon esas muertes.
A sus 94 años, Castro asistió a la ceremonia vestido con uniforme de luto, portando los grados en negro, y permaneció en absoluto silencio durante todo el acto. No emitió declaraciones ni realizó gestos públicos, reforzando con su sola presencia un mensaje político de continuidad dentro de la cúpula militar.
Su aparición se produjo en un contexto especialmente delicado para el país, marcado por una profunda crisis interna y un mayor aislamiento internacional tras los acontecimientos ocurridos en Venezuela. Las imágenes transmitidas por la televisión estatal lo mostraron serio, con el rostro contenido, siguiendo con atención el paso de los féretros cubiertos con la bandera cubana.
Después del acto en la pista, los cuerpos de los fallecidos fueron trasladados por la Avenida Rancho Boyeros hacia el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, donde se instaló una capilla ardiente para permitir el paso del público. Sin embargo, desde temprano, se notó que el Estado había movilizado a trabajadores, estudiantes y militantes para “acompañar” el recorrido, lo que daba la sensación de que incluso el duelo debía ser una demostración de obediencia.
Desde las seis de la mañana, las calles de La Habana fueron ocupadas por funcionarios y jóvenes de organismos oficiales, quienes se ubicaron en puntos clave de la ciudad. En redes sociales circularon imágenes del despliegue con mensajes que intentaban vender unidad y compromiso, mientras el país seguía sin conocer la verdadera naturaleza de las misiones militares cubanas fuera del país.
La ciudad fue prácticamente paralizada con el cierre de calles y restricciones de tráfico para asegurar que el cortejo avanzara sin contratiempos, sin importar las molestias que esto causaba a los ciudadanos. El régimen no escatima en esfuerzos cuando se trata de propaganda, aunque eso implique ignorar las necesidades diarias de los habitantes.
El operativo continuó con una concentración masiva en la Tribuna Antimperialista José Martí el 16 de enero, como parte de una nueva marcha para reforzar el discurso de "patria o muerte" y la alianza con Venezuela. Actos similares se llevaron a cabo en las provincias, mientras los cuerpos fueron inhumados en panteones oficiales. Todo esto ocurrió mientras Estados Unidos confirmaba que el operativo que resultó en la caída de Nicolás Maduro tenía como objetivo evitar una crisis humanitaria, y mientras Venezuela entraba en una transición supervisada internacionalmente.
Mientras tanto, Cuba seguía aferrada a un discurso desfasado de "internacionalismo" y "agresión imperialista", reciclando consignas de épocas pasadas. Sin embargo, esta vez, los muertos no son solo cifras lejanas de conflictos africanos o latinoamericanos, sino parte de un cuestionamiento real sobre la política exterior del régimen cubano. Los cuerpos regresaron, pero las preguntas sobre qué hacían esos soldados en Venezuela y cuántos más están involucrados siguen sin respuestas. El gobierno cubano sigue recurriendo a la vieja narrativa, mientras la realidad de las muertes y el sacrificio de los cubanos permanece oculta bajo el peso de la propaganda oficial.
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