En el béisbol cubano hay decisiones que trascienden el terreno y golpean directamente la credibilidad del sistema. La más reciente tiene nombre propio: Armando Ferrer, el hombre que acaba de conducir a los Cocodrilos al título de la Serie Nacional de Béisbol, y que, sin embargo, no forma parte de la dirección del equipo Cuba.
La contradicción es evidente. El director campeón, el estratega que supo reconstruir y consolidar a Cocodrilos de Matanzas, queda fuera del máximo escenario del béisbol nacional justo después de demostrar resultados. En cualquier estructura deportiva coherente, el éxito en la principal liga doméstica es carta de presentación para asumir mayores responsabilidades. En Cuba, parece no ser así.
Ferrer no ha sido incendiario en sus declaraciones, pero sí transparente. Reconoció que “tendrán sus criterios” para excluirlo, aunque dejó entrever su sorpresa y malestar. No es difícil interpretar sus palabras como las de un profesional que se siente, cuando menos, desconsiderado. Porque más allá del orgullo personal, está el mensaje que se envía al resto del país: ganar no garantiza reconocimiento.
El título de Matanzas no fue circunstancial. Fue el resultado de planificación, liderazgo y manejo de grupo. Ferrer mostró oficio táctico, carácter en momentos de presión y capacidad para cohesionar un equipo en medio de limitaciones logísticas y estructurales que afectan al béisbol cubano. Ese mérito no puede minimizarse.
Entonces surge la pregunta inevitable: ¿cuáles son los criterios reales para conformar la dirección del equipo nacional? Si el campeón vigente no es tenido en cuenta, la explicación debería ser pública y transparente. La opacidad solo alimenta especulaciones y erosiona la confianza de aficionados y especialistas.
Hay también un componente humano. Ferrer viene de superar problemas de salud y regresar con fuerza al banquillo, conduciendo a su equipo a la cima. Su historia reciente es la de la resiliencia. Excluirlo en este momento puede interpretarse no solo como una decisión técnica, sino como un golpe simbólico a una figura que ha demostrado compromiso con el béisbol cubano.
En un contexto donde la pelota enfrenta desafíos estructurales y pérdida de talento, el país necesita coherencia y señales claras. Reconocer a los que ganan no es un gesto político: es una necesidad deportiva. Si el director campeón no encaja en el proyecto nacional, el debate debe abrirse con argumentos sólidos.
Porque cuando el campeón queda fuera, la pregunta no es solo por Ferrer. La pregunta es por el rumbo del béisbol cubano.
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