Mientras miles de familias cubanas cuentan las horas de electricidad, hacen malabares para conseguir comida y medicamentos y enfrentan una crisis que ha reducido la vida cotidiana a sobrevivir, el Gobierno de Miguel Díaz-Canel abre las puertas de La Habana para recibir a unos 1.500 invitados de 63 países. El despliegue para celebrar el centenario de Fidel Castro exhibe, una vez más, el descaro de un poder que encuentra recursos para la propaganda mientras las necesidades básicas de su propia población siguen sin respuesta.
Cuba vive una de sus peores crisis, pero el Gobierno parece tener otras prioridades. En tanto una parte de la población lucha diariamente por conseguir alimentos, combustible y medicinas, La Habana se prepara para recibir a cientos de extranjeros convocados a un homenaje dedicado a Fidel Castro.
El coloquio comenzó este 10 de agosto en el Palacio de Convenciones y reúne aproximadamente a 1.500 delegados procedentes de 63 países. La actividad se prolongará hasta este miércoles y forma parte de las celebraciones por el centenario del nacimiento del fallecido gobernante.
La escena resulta difícil de ignorar: mientras los cubanos enfrentan apagones que en algunas zonas superan las 20 horas, el Estado moviliza recursos para atender a visitantes internacionales. Transporte, combustible, alimentación, agua, electricidad, alojamiento y personal son indispensables para organizar una reunión de semejante magnitud.
El Gobierno no ha revelado cuánto dinero público está destinando al evento pero la cuestión es clara: desayunos, meriendas, cafés, almuerzos, cenas, transporte, hoteles, aviones... Es claro deducir. En una Isla donde las autoridades alegan constantemente falta de recursos para garantizar servicios básicos, la pregunta resulta inevitable: ¿cómo puede haber recursos para homenajes políticos mientras faltan para alimentar y atender al pueblo?
La contradicción se vuelve todavía más cruda cuando se observa la situación energética. Cuba acaba de atravesar nuevos colapsos del sistema eléctrico y millones de personas padecen jornadas interminables sin corriente. A ello se suman la escasez de productos esenciales y las dificultades para acceder a medicamentos.
A pesar de ese panorama, Miguel Díaz-Canel utiliza la presencia de los extranjeros como escaparate político. Durante el encuentro pidió a los asistentes convertirse en “embajadores de la verdad” y llevar al exterior la versión oficial sobre Cuba. La prioridad parece estar clara: mostrar una imagen de respaldo internacional aunque dentro de la Isla el pueblo siga cargando con las consecuencias de la crisis.
El régimen pretende convertir la asistencia de delegados extranjeros en una demostración de fuerza y apoyo. Pero ninguna fotografía de un salón lleno puede ocultar las colas, los apagones ni las mesas vacías. El contraste es brutal: invitados extranjeros llegan a Cuba para hablar de Fidel Castro mientras millones de cubanos solo esperan que llegue la comida, vuelva la electricidad y aparezcan los medicamentos.
Y esa es precisamente la imagen que el Gobierno no puede maquillar.
Fuente: Presidencia de Cuba - Telesur - La Jornada
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