La orden de intensificar la preparación militar todos los sábados en distintos puntos de Cuba no es una muestra de fortaleza, sino una señal clara de nerviosismo. Tras recientes declaraciones de Donald Trump, la cúpula gobernante ha vuelto a activar el viejo guión de la “amenaza externa”, desempolvando maniobras, discursos bélicos y armamento heredado de la Guerra Fría. El mensaje oficial intenta proyectar firmeza, pero lo que realmente se percibe es el temor de un poder que se sabe frágil en medio de una crisis profunda.
Las imágenes difundidas por la prensa estatal, con sistemas antiaéreos obsoletos y ejercicios tácticos de manual, contrastan con la realidad de un país golpeado por apagones, desabastecimiento y migración masiva. Mientras los altos mandos hablan de “disposición combativa”, la población enfrenta colas interminables, hospitales sin recursos y salarios que no alcanzan para sobrevivir. La paradoja es evidente: se llama a la defensa nacional cuando lo que está en emergencia es la vida cotidiana.
En provincias como Villa Clara, Matanzas, Granma y Santiago de Cuba, se movilizaron zonas de defensa, veteranos combatientes y estructuras del Partido bajo el concepto de la “guerra de todo el pueblo”. Sin embargo, ese “pueblo” ya no es el de las décadas del 60 y 70, marcado por la épica revolucionaria y la movilización ideológica. Hoy es un país cansado, desconfiado, conectado a redes sociales y consciente de la distancia entre la propaganda y la realidad.
Las reacciones en internet lo dejaron claro: lejos de generar patriotismo, los ejercicios provocaron burlas, críticas y rechazo. Muchos cubanos cuestionaron cómo se puede hablar de guerra cuando faltan alimentos y medicinas. Otros señalaron que no existe tecnología ni recursos para enfrentar un conflicto moderno, y que insistir en ese discurso solo busca distraer y controlar, no proteger. Para una parte creciente de la sociedad, estos despliegues no son defensa, sino teatro político.
El trasfondo es aún más revelador. La referencia constante a lo que ocurre en Venezuela y al desenlace del poder de Nicolás Maduro refuerza la sensación de alarma en La Habana. La élite gobernante observa el tablero regional con inquietud y responde tratando de cerrar filas, reforzando la disciplina y apelando al miedo como mecanismo de cohesión.
Además, hay una preocupación silenciosa por la reacción de los jóvenes. Muchos de ellos no se identifican con consignas de sacrificio ni con llamados a “defender la patria” mientras sueñan con emigrar. La posibilidad de que reclutas y civiles sean empujados a ejercicios militares en medio de una crisis humanitaria despierta rechazo y temor, no orgullo nacional.
En ese contexto, la preparación militar obligatoria luce menos como un escudo frente a Washington y más como un reflejo del pánico interno. Un intento de mostrar control cuando, en realidad, el control se erosiona. El país ha cambiado, la gente ha cambiado, y por más maniobras que se organicen, ya no es posible devolver a Cuba al tiempo en que el miedo y la épica bastaban para mantener a todos en fila.
Fuente:Periódico Cubano
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