El Ministerio del Interior (MININT) informó este miércoles 14 de enero del fallecimiento, a los 88 años, del general de brigada de la reserva José Luis Mesa Delgado. La nota oficial exaltó su trayectoria como combatiente del Movimiento 26 de Julio, la Lucha Clandestina, el Ejército Rebelde y la llamada Lucha contra Bandidos, además de casi seis décadas de servicio en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y el propio MININT. Sin embargo, su muerte reaviva uno de los capítulos más oscuros de la historia reciente de Cuba: su presunta participación directa en el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa Sánchez en 1989.
El comunicado oficial lo presenta como un cuadro “fiel a la Revolución y a sus dirigentes”, condecorado con numerosas órdenes y medallas, incluido su paso por misiones internacionalistas en Angola y su condición de delegado a varios congresos del Partido Comunista. Ese relato omite deliberadamente las denuncias que, desde hace años, circulan en fuentes independientes y testimonios de exmilitares sobre el rol represivo que Mesa Delgado desempeñó dentro del aparato de poder.
Diversos análisis críticos y relatos de antiguos cadetes y oficiales lo señalan como jefe de tropas especiales y director del centro de entrenamiento conocido como “Baraguá”, o “El Cacho”, ubicado en Los Palacios, Pinar del Río. En ese período ostentaba el grado de coronel y era considerado un hombre de absoluta confianza del mando político-militar.
Su nombre aparece ligado, de manera reiterada, a la madrugada del 13 de julio de 1989, cuando el general de división Arnaldo Ochoa, Antonio de la Guardia, Jorge Martínez Valdés y Amado Padrón Trujillo fueron ejecutados tras un juicio sumario conocido como la “Causa No. 1”. Según estos testimonios, José Luis Mesa Delgado habría dirigido el pelotón de fusilamiento que ejecutó la sentencia en un área cercana a la base aérea de Baracoa, al oeste de La Habana.
El periodista y exmilitar Aldo Luberta Martínez ha afirmado que, tras los disparos del pelotón, Mesa Delgado realizó los llamados “tiros de gracia” a los cuerpos ya abatidos. En sus palabras, era un oficial temido dentro de las filas castrenses, descrito como “siniestro” y carente de escrúpulos, símbolo del terror interno que acompañó aquellos procesos de purga ordenados desde la cúpula del poder.
Aunque estas versiones no aparecen recogidas en medios oficiales ni en investigaciones reconocidas por el régimen, forman parte de una memoria paralela que cuestiona el relato épico construido por el Estado cubano. La ejecución de Ochoa marcó un antes y un después en la Cuba posterior a 1959 y consolidó el control absoluto de Fidel Castro sobre las Fuerzas Armadas.
La muerte de José Luis Mesa Delgado cierra la vida de uno de los hombres asociados a esa etapa de represión interna. Mientras el régimen lo despide como un “ejemplo de lealtad”, para muchos cubanos su nombre queda ligado a la obediencia ciega y a uno de los episodios más traumáticos y sangrientos del poder revolucionario.
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