La Habana parece hoy una ciudad que hubiera sobrevivido a un bombardeo prolongado. Edificios que se desploman sin previo aviso, fachadas sostenidas por puntales improvisados, calles rotas y llenas de basura, apagones constantes y un olor persistente a abandono. No se trata de una catástrofe natural ni de una guerra reciente, sino del resultado de más de seis décadas de una dictadura que ha destruido sistemáticamente a Cuba y, de manera especialmente visible, a su capital.
El régimen cubano convirtió a La Habana en un museo en ruinas. Donde antes hubo una ciudad vibrante, cosmopolita y próspera, hoy quedan solares, derrumbes y familias viviendo entre escombros. La falta de mantenimiento no es casual: es consecuencia directa de un modelo que eliminó la propiedad privada, expulsó al capital, criminalizó la iniciativa individual y sustituyó la gestión por la propaganda. El Estado controla todo, pero no es capaz de garantizar nada: ni vivienda digna, ni servicios básicos, ni limpieza urbana, ni seguridad estructural.
Caminar por amplias zonas de Centro Habana, Habana Vieja o Diez de Octubre es recorrer un paisaje de decadencia. Techos colapsados, escaleras inexistentes, edificios inhabitables que siguen ocupados por necesidad. A esto se suma una ciudad sucia, con montañas de basura acumulada durante días, alcantarillas rotas y un transporte público colapsado. La dictadura no solo empobreció a los cubanos; también les robó la ciudad.
Pero esa no es la única Cuba posible. Existe otra, contenida durante décadas, que podría emerger con fuerza en un escenario democrático. Una Cuba sin dictadura sería, ante todo, un país abierto al mundo. El capital extranjero llegaría de inmediato, atraído por una ubicación estratégica, una fuerza laboral calificada y un enorme potencial turístico y cultural. Grandes compañías invertirían en infraestructura, energía, telecomunicaciones, construcción y servicios.
La Habana podría renacer como una de las ciudades más atractivas del Caribe y de América Latina. Edificios restaurados y nuevos rascacielos modernos convivirían con el patrimonio histórico recuperado. Hoteles de lujo, centros financieros, marinas, zonas comerciales y barrios renovados transformarían el paisaje urbano. Las calles estarían limpias, iluminadas y seguras; el transporte sería eficiente; los espacios públicos volverían a pertenecer a los ciudadanos.
En una Cuba democrática florecerían los negocios privados: restaurantes, tiendas, empresas tecnológicas, estudios creativos, pequeñas y medianas industrias. El cubano dejaría de sobrevivir para empezar a prosperar. El turismo sería pujante y diverso, no controlado por monopolios militares, sino integrado a la economía nacional, generando empleo real y riqueza distribuida.
La diferencia entre la Cuba actual y la Cuba futura no es el clima, ni la gente, ni la historia. Es el sistema. La dictadura ha sido el principal obstáculo para el desarrollo. Sin ella, Cuba no tendría que reconstruirse desde cero, sino simplemente liberar todo lo que ha sido reprimido durante décadas. La Habana dejaría de parecer una ciudad bombardeada para volver a ser lo que siempre pudo ser: una capital viva, moderna y próspera, reflejo de un país finalmente libre.
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