La crisis política venezolana ha entrado en una nueva fase, marcada por una pugna inesperada entre dos figuras femeninas que buscan la atención y el respaldo del presidente estadounidense Donald Trump en medio de una transición convulsa tras la captura del expresidente Nicolás Maduro.
Por un lado está María Corina Machado, líder opositora, galardonada con el Premio Nobel de la Paz 2025, quien ha viajado a Europa y Estados Unidos buscando apoyo internacional para consolidar una salida democrática a la crisis venezolana. Machado, quien fue obligada a vivir en la clandestinidad dentro de su país antes de salir al extranjero a recoger su premio, ha dedicado ese galardón al pueblo venezolano y también a Trump por las acciones que desencadenaron la caída de Maduro.
Sin embargo, ella misma ha admitido que no ha tenido contacto directo con Trump desde octubre pasado y que su influencia real sobre el terreno en Venezuela es limitada, precisamente porque no controla instituciones clave ni tiene presencia física en Caracas.
Del otro lado está Delcy Rodríguez, quien tras la operación estadounidense que capturó a Maduro terminó asumiendo de facto la presidencia interina del país. Rodríguez —figura histórica del chavismo, exvicepresidenta y aliada de Rusia, China e Irán según críticos opositores— ha activado una diplomacia paralela en Washington con enviados y contactos fuera de los canales tradicionales para asegurar su lugar en la mesa de negociación con Estados Unidos. Esta estrategia incluye gestos públicos de cooperación con la administración Trump y el ofrecimiento de colaboración en temas como la gestión del petróleo venezolano y la reapertura de relaciones diplomáticas.
La administración Trump se ha visto presionada a equilibrar pragmatismo y visión estratégica. Por un lado, reconoce a Machado como símbolo de resistencia democrática con apoyo popular; por otro, advierte que ella carece de “apoyo y respeto suficientes” dentro del país para liderar una transición estable.
Por el otro, considera a Rodríguez —que controla estructuras institucionales y contactos militares— como interlocutora viable a corto plazo.
Este juego de influencias revela una doble tensión: la lucha por definir quién representa legítimamente a Venezuela en el exterior, y el intento de Trump de dirigir el rumbo político y económico del país caribeño según intereses geopolíticos y de seguridad. Mientras tanto, la población venezolana enfrenta incertidumbre, desplazamiento y expectativas encontradas sobre qué tipo de futuro le espera.
Fuentes: El País-Reuters-La Sexta
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