Cuba vuelve a sumergirse en la oscuridad, no solo por la falta de electricidad, sino por la sensación de abandono que acompaña cada apagón. El parte diario de la Unión Eléctrica confirma lo que millones de cubanos ya saben sin necesidad de informes: el país no produce la energía que consume, y la brecha entre generación y demanda se ha convertido en una herida abierta que no deja de sangrar.
Con varias termoeléctricas fuera de servicio por averías o mantenimientos interminables, y decenas de plantas de generación distribuida paralizadas por falta de combustible, el Sistema Electroenergético Nacional opera al límite, sostenido con parches y promesas. Aunque los parques solares aportan algo de alivio durante el día, su producción no alcanza para compensar el desplome de la generación térmica, y cuando cae la noche, el déficit se dispara como una sentencia inevitable: más apagones, más horas sin luz, más vida detenida.
El impacto no se mide solo en megawatts. Se mide en refrigeradores apagados y la poca comida que se puede conseguir, se pierde; se mide en niños que estudian a la luz de una linterna, en ancianos que no soportan el calor, en hospitales que dependen de plantas de emergencia, en negocios paralizados y en trabajadores que regresan a casa sin haber podido producir. Cada corte eléctrico es también un corte en la economía familiar, en la paciencia social y en la fe en que mañana será distinto.
La Unión Eléctrica informó que Cuba amaneció con cortes de luz generalizados debido a un déficit grave en la generación de electricidad. El Sistema Electroenergético Nacional (SEN) solo logró producir alrededor de 1 420 MW, mientras que la demanda nacional supera los 2 050 MW, lo que deja un déficit significativo que se traduce en apagones extendidos en gran parte del país durante este miércoles.
La UNE estima que para el periodo de máxima demanda nocturna, la disponibilidad podría mejorar ligeramente (alrededor de 1 535 MW), pero aun así quedará un déficit de más de 1 700 MW, lo que implica que seguirán los apagones durante las horas de mayor consumo.
La explicación oficial repite un guión conocido: falta de recursos, equipos obsoletos, bloqueos, accidentes imprevistos. Pero lo que no cambia es el resultado: un país que vive con horarios de apagón como si fueran parte del calendario, donde la planificación cotidiana depende de si hay corriente o no. En muchas provincias, los cortes superan las diez horas diarias, fragmentando el día en breves islas de electricidad y largos océanos de espera.
Mientras tanto, la población se adapta como puede: cocinas adelantadas, cubos de agua, baterías cargadas a contrarreloj, teléfonos que se convierten en linternas y radios. La resiliencia, tan celebrada, ya no es una virtud, sino una obligación forzada por la falta de alternativas. Y el cansancio se acumula, silencioso, peligroso, profundo.
La crisis eléctrica no es solo un problema técnico; es el síntoma de un sistema agotado que no logra sostener lo básico. Sin energía no hay industria, no hay servicios estables, no hay calidad de vida posible. Cada apagón es un recordatorio de que la normalidad se ha vuelto excepcional y de que la incertidumbre gobierna las noches de la Isla.
Cuba no solo necesita megawatts: necesita soluciones reales, inversiones efectivas y decisiones que vayan más allá del parte diario. Porque cuando la oscuridad se hace costumbre, el verdadero riesgo no es solo quedarse sin luz, sino que también se apague la esperanza.
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