La ciudad se asfixia; quemar basura en La Habana no limpia las calles, contamina el futuro. La práctica de quemar basura en la vía pública se ha vuelto cada vez más visible en barrios de La Habana. Lo que para algunos puede parecer una solución rápida ante la acumulación de desechos es, en realidad, un problema de gran profundidad sanitaria, ambiental y social. Así lo advierte el actor y humorista cubano Ulises Toirac, quien alertó sobre las implicaciones que van mucho más allá de “resolver lo que se ve”.
La basura urbana no está compuesta únicamente por restos orgánicos. En ella abundan plásticos como PVC o poliestireno, textiles sintéticos, baterías, envases químicos y residuos médicos domésticos. Cuando estos materiales se queman sin control técnico, liberan sustancias altamente tóxicas. Entre ellas se encuentran dioxinas y furanos —compuestos asociados a riesgos cancerígenos— así como partículas finas (PM2.5) capaces de penetrar profundamente en los pulmones. También se liberan metales pesados como plomo o mercurio, que permanecen en el ambiente y pueden afectar a largo plazo la salud humana.
En una ciudad densamente poblada, el humo no se dispersa con facilidad. Se mantiene a nivel de calle, entra en viviendas y afecta a niños, ancianos y personas con enfermedades respiratorias. Las crisis asmáticas, bronquitis y afecciones cardiovasculares pueden incrementarse en contextos de exposición continua.
Desde el punto de vista ambiental, la combustión informal no equivale a una incineración industrial con filtros y cámaras de control. Es fuego directo, sin regulación ni tratamiento de gases. Esto implica contaminación del aire, depósito de toxinas en el suelo y aumento del carbono negro, un contaminante que contribuye al calentamiento global. Las cenizas pueden además filtrarse hacia drenajes y fuentes de agua.
El riesgo no termina ahí. En barrios con edificaciones antiguas y cableado expuesto, un foco de fuego puede expandirse rápidamente. Existen peligros eléctricos, daños estructurales y posibles lesiones personales.
A nivel económico, las consecuencias son silenciosas pero acumulativas. Más enfermedades suponen mayor presión sobre el sistema sanitario. La suciedad y el hollín deterioran fachadas y patrimonio arquitectónico, afectando la imagen urbana de una ciudad histórica.
El trasfondo, sin embargo, es estructural. Si la causa principal es la falta de combustible o fallas en la recogida de desechos, el problema real no es la basura en sí, sino la logística. Quemar residuos no elimina el volumen total ni crea una solución sostenible. Es una respuesta de emergencia que, si se normaliza, puede convertirse en un círculo de deterioro ambiental y sanitario difícil de revertir.